miércoles, 19 de julio de 2017

Curieux a Toqué busca ayudante: Capítulo uno

Curièux a Toqué busca ayudante
#buscaayudante


Uno

“Con los dedos anular e índice entreabre la persiana metálica: en el café donde hay una entrada cubierta con una torre de mampostería, yo, el mismo joven de ayer estoy sentado en la misma banca leyendo la misma sección, El aviso oportuno del mismo periódico: El Universal[1]”.
“Leo ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Leo y releo el aviso. Parece dirigido a mí, a nadie más. Distraído, dejo que una mosca caiga dentro de la taza de té que he estado bebiendo en este cafetín sucio y barato. Yo releeré. Se solicita investigador joven. Ordenado. Escrupuloso. Conocedor de la lengua francesa. Conocimiento perfecto, coloquial. Capaz de desempeñar labores de secretario. Juventud, conocimiento del francés, preferible si ha vivido en Francia algún tiempo. Tres mil pesos mensuales, comida y recámara cómoda, asoleada, apropiada estudio. Sólo falta mi nombre. Sólo falta que las letras más negras y llamativas del aviso informen: Antonio González. Se solicita Antonio González… investigador cargado de datos inútiles, acostumbrado a exhumar papeles amarillentos, profesor auxiliar en escuelas particulares, novecientos pesos mensuales. Pero si leyera eso sospecharía, lo tomaría a broma. Laureles 815. Acuda en persona. No hay teléfono.
Recojo mi periódico y levanto la propina que alguien ha depositado. Pienso que otro investigador joven, en condiciones semejantes a las mías, ya ha leído ese mismo aviso, tomado la delantera, ocupado el puesto. Trato de olvidar mientras camino a la esquina. Espero el autobús… repito en silencio las fechas que debo memorizar para que esos niños amodorrados me respeten. Tengo que prepararme. El autobús se acerca y yo estoy observando las puntas de mis zapatos negros. Tengo que prepararme. Meto la mano en el bolsillo, juego con las monedad de cobre, por fin escojo treinta centavos, los aprieto con el puño y alargo el brazo para tomar firmemente el barrote de fierro del camión que nunca se detiene, saltar, abrirme paso, pagar los treinta centavos, acomodarme difícilmente entre los pasajeros apretujados que viajan de pie, apoyar mi mano en el pasamanos, apretar el periódico contra el costado y colocar distraídamente la mano izquierda sobre la bolsa trasera del pantalón, donde alguna vez (casi nunca) guardo los billetes.
Viviré ese día, idéntico a los demás, y no volveré a recordarlo sino al día siguiente, cuando me siente de nuevo en la mesa del cafetín, pida el desayuno y abra el periódico. Al llegar a la página de anuncios, allí estarán, otra vez, esas letras destacadas: INVESTIGADOR JOVEN. Nadie acudió ayer. Leeré el anuncio. Me detendré en el último renglón: cuatro mil pesos.
Me sorprenderá imaginar que alguien vive en la calle de Laureles…”[2]
Pero allí está la puerta y el número 815, efectivamente. Se trata de un edificio de apartamentos con aspecto de vecindad. ¿Quién será capaz de vivir aquí y así? Seguramente se trata de una tomadura de pelo. Cuatro mil pesos. Nadie que viva aquí puede emplear a nadie que cobre esa cantidad. No importa. Yo necesito dinero, necesito trabajo y tampoco soy investigador, ni hablo francés. En lo único que puedo cumplir es en lo de joven y de estar lleno de datos inútiles; aunque esto último no lo dice el periódico, se trata de una elucubración personal.
Está abierto. Asomo un poco la cara y allí adentro se ve un largo corredor que conduce a todas las habitaciones de la planta baja y una escalera que lleva a los departamentos de arriba. Entro con mucha reserva. Poco acostumbrado a los lugares sórdidos, me siento nervioso. A un lado de la escalera hay un cuarto que perece habitado. Toco apenas convencido de que alguien me quiera responder.
-¿Sí? –me dice un hombre bajo, panzón, desgreñado, con ojos apenas perceptibles en el marco de la cara, de tan pequeños.
-Este, sabe, vengo por un anuncio que hallé en el periódico. Dan este domicilio. Yo quería preguntarle si sabe quién convoca.
-Yo mismo. Pásate muchacho. La verdad no creí que alguien pudiera interesarse. La investigación en este país le suena a la gente como una cosa de otro planeta. ¿Puedo ofrecerte algo?
-¿Tiene café?
-Instantáneo. ¿Está bien?
-Sí –mientras lo sirve me detengo a leer una placa que encima del escritorio anuncia: Curièux a Toqué / Investigador privado.
-¿Gustas algo más? Huevo frito, frijoles… no es bueno tomar café solo, cuando se tiene por lo menos tres días sin comer.
-¿Cómo sabe que tengo tres días sin comer? –contesto entre sorprendido e indignado.
-Como supo Dupin los pensamientos de su interlocutor en aquella obra de los Crímenes de la Rue Morgue que escribió Edgar Allan Poe. Como supo Guillermo de Baskerville en El Nombre de la Rosa cómo se llamaba el caballo del Abad. Como Hércules Poirot conoció las intenciones del criminal en Un Puding de Navidad. Por pura lógica. Sólo fue necesario ver tu rostro, que ha perdido el brillo natural que un muchacho de tu edad debe tener; darme cuenta que la ropa está discretamente floja como señal inequívoca de que se ha perdido un poco de peso; tus labios están secos como muestra de una deshidratación incipiente. Por otra parte, desde que te sentaste allí, has pretendido esconder los pies para que yo no aprecie las grietas que atraviesan las puntas de tus zapatos; ello indica lo escaso que andas de dinero. Y, no pretendo ofenderte de ninguna manera, pero un muchacho de tu condición, porque es notorio que eres una persona preparada a la que la vida no le ha hecho justicia, por pena, por recato o por guardar la norma, no acepta un café la primera que se le ofrece, menos si quien lo hace es un desconocido. Conque, ¿huevos o frijoles?
-Ambos, si no es mucho cargarse.
-Me caes bien. Creo y sé que no fallaré en que serás el mejor ayudante de quien hubiera podido jamás disponer.
Desayunamos casi en silencio. Yo siempre con la cabeza baja y los ojos aplicados la mayoría del tiempo en el platillo y la taza de café. Sólo de vez en vez levanto la vista para admirar con cuánta soltura y falta de afectación se conduce mi empleador.
-Dime, Antonio, ¿cómo fue que te interesaste por el anuncio? –dice mientras se lame las gotas de leche que le han quedado en los bigotes largos y espesos como cepillo de bolero.
-De todos los que leí en los últimos veinte días, es para el que me siento más capacitado; además, tengo curiosidad. Y usted, ¿cómo sabe mi nombre? No dirá que es lo más lógico.
-No, amigo mío, ni lo más común. Pero quiero darte una idea de lo fácil que la vida juega con nosotros los humanos, cómo nos mezcla, nos revuelve, nos lleva y trae de un lado para otro a su antojo como si los hombres fuésemos un haz de naipes. Yo te he visto en el cafetín de doña Angustias, allá por la calle de la Canica Perdida. Eres muy rutinario, cumples siempre con el mismo ritual; eso no es bueno, la gente se vuelve muy predecible. Alguna vez, desde allí, desde la silla que escoges en el café, ¿has visto en la acera de enfrente una casa gris de persianas azules desteñidas por el sol y el tiempo? Casi estoy seguro que no. O sí, pero no te das cuenta porque tu pensamiento ha estado ocupado en resolver un problema mucho más importante: la sobrevivencia. Pues desde el interior de esa casa, a través de las persianas te he vigilado estrechamente. Estoy convencido desde entonces de que serás un buen ayudante, y casi totalmente seguro de que la vida, el azar, la probabilidad, el destino o como tú lo quieras llamar, hizo la otra parte en mi favor: que leyeras el anuncio, que te interesaras y que vinieras a buscarme.
-¿Por qué no fue a buscarme personalmente si le resultaba tan a propósito de sus requerimientos?
-Porque las cosas que le llegan a uno con facilidad, pocas veces son capitalizadas en su justa medida. Además, en las condiciones en que te he visto me hubieras tomado por tu Ángel de la Guarda y yo no quiero eso. Yo contaba con tu aplomo, con tu osadía, con tus ganas y tu disposición para lograrlo motu proprio.
-Y acertó.
-Afortunadamente.
-¿Es usted francés?
-¡Qué va! Yo nací aquí, en el barrio del Retiro, entre el humo de los carros, el polvo y los filamentos de la fábrica de textiles y la hediondez eterna de las tenerías que lo caracterizan. Si lo dices por el rótulo, sólo es para darle importancia al asunto. Yo me llamo verdaderamente Pancho Carrizales.
-¿Y ese Curièux a Toqué?
-Puro esnobismo. Pancho Carrizales jamás se volvería famoso, así que me busqué un nombre extranjerizante y que además revelara lo más relevante de mi profesión: curioso-chiflado. Dos cualidades intrínsecas de quien, como yo, decide dedicar su vida a la investigación. La actividad más apasionante que el hombre ha podido desempeñar. ¿Has oído hablar del Dr. Watson, aquel personaje inseparable de Sherlock Holmes, ambos creaciones de Arthur Conan Doyle?
-Creo recordar una película: “El puñal de escarlata”, donde Charlton Heston hace de Holmes y, sí, me parece que había un Watson.
-Es que todos los detectives de la literatura han tenido siempre consigo un ayudante o un segundo personaje con quien discuten el hilo, la secuencia de sus pesquisas; un ayudante a quién asombrar con su talento y de cuya admiración se han servido para alimentar ese pequeño sector narcisista de su personalidad. Yo, sin embargo, querido González[3], he convocado un ayudante porque creo que mi fama y mi fortuna me lo permiten, porque el exceso de trabajo lo requiere y porque tengo el deseo genuino de convertirme en un verdadero impulsor de talentos. Aquí, mi querido Antonio[4], abundan los jóvenes inquietos, fervorosos, emprendedores, pero se desperdician porque nadie les ha mostrado el camino. Yo tengo fe en la juventud, y tú eres la persona que he escogido para iniciar esto que llamaré Escuela de Investigadores.
-Se trata entonces de entrenar detectives?
-Entrenar es una palabra que se queda únicamente en la actividad mecánica y automática que, aunque es importante, rinde sus mejores frutos sólo cuando está respaldada por el conocimiento teórico, por la vivencia empírica, y por el compromiso y la creatividad del investigador. Es precisamente el error que comete ordinariamente la policía; el de entrenar a sus hombres en vez de formar investigadores. Hombres que apliquen el saber científico y su método a la tarea de atrapar criminales. Nos ahorraríamos muchas torturas, encarcelamientos y condenas contra personas inocentes. Esto, mi querido Antonio, es también un problema de actitud política que de momento no es conveniente abordar; ya habrá tiempo para discutir estas cuestiones también importantes. Conan Doyle nos muestra a un Holmes infalible; Agatha Christie a un Poirot extremadamente analítico; Allan Poe a un Dupin inteligentísimo; Austin Freeman a un Thorndyke altamente deductivo; Paco Ignacio Taibo II a un Belascoarán astuto, libre de toda la etiqueta y la ortodoxia de todos los anteriores, un detective muy a la mexicana, pero todos triunfadores de la policía, que aún asume prácticas feudales e inquisidoras, con un pensamiento anquilosado y un método que depende más del terror y del dolor que de la verdadera búsqueda e indagación.
-Quiero serle sincero. Después de matarme el hambre, no me queda ante usted otro recurso que la honestidad. No soy investigador, ni sé francés, ni he estado en Francia nunca. Lo único que sé al respecto si acaso, es el llevado y traído Voilà Monsieur.
-No importa. Me basta con que tengas disposición y carácter, que seas disciplinado y puntual, lo demás será resuelto sobre la marcha.
-Cuando vi el anuncio por primera vez, me imaginé que ser investigador era vestir de bata blanca, usar gruesos lentes, tener cara de ingenuo asustado, trabajar con máquinas sofisticadas ante recipientes que humean, disecar animales, en fin, una serie de cosas raras a las que el ciudadano común sólo tiene acceso a través del cine o la televisión. Me pregunté muchas veces si en este lugar existiría gente así, o si habría aquí quién pudiera contar con todos esos costosos equipos. Jamás cruzó por mi mente la idea de que se tratara de una oficina de detectives.
-El cine y la televisión también tienen la culpa de tu desencanto, porque sólo muestran las acciones del personaje, siempre enseñan el fenómeno, llevan y traen al héroe y dan el caso resuelto; pero no se asoman a los pensamientos, a la actividad intelectual del individuo, no hacen un seguimiento lógico de los pasos que emprende para llegar a la resolución del caso. Son otros los aspectos que nos atraen de la historia: la cara o la apostura del actor, su habilidad para manejar armas, la facilidad con que entra en pleitos cuerpo a cuerpo, su espíritu incansable para estar en todas partes, a todas horas; el ser magnífico seductor… Es difícil creer que un detective pueda ser un científico, precisamente porque la idea poco formada y desinformada de la ciencia nos lleva a pensar en el hombre muy inteligente, pero con cara de imbécil. Y siendo así, lo que menos nos gustaría en la vida es ser científicos; y sí, en cambio, ser detectives: pendencieros, burladores y galanes. Bien podríamos pasarnos horas incontables con esta discusión, pero no saldríamos de lo mismo. Dime, querido Antonio, ¿alguna vez te ha interesado una mujer?
-Muchas, pero no se me da la conversación fácil y la mayoría de las veces sólo ha quedado en eso, en interés.
-Seguramente habrás querido saber sus nombres, conocer si les gustan las flores, si aman la música, o el cine, o el arte… Querrías saber si están libres o comprometidas, cuál es la actividad en la que invierten su tiempo: si estudian o trabajan. Cuáles son sus colores favoritos, si creen en la buena o la mala suerte… ¿cierto?
-Cierto.
-Pues ello, mi querido Antonio, no es otra cosa que investigar. Y, en tales circunstancias, tú has sido un investigador sin bata, sin boina y sin lupa.
-Dicho de esa manera parece algo muy fácil.
-Y lo es. Sólo es cuestión de tomarle el gusto. Bueno, se hace tarde y no hemos hablado del empleo. ¿Lo tomas o lo dejas?
-Lo tomo.
-No te arrepentirás. Tenemos por lo pronto un par de casos que ameritan toda nuestra atención y que es necesario resolver en el menor tiempo posible. Ello principalmente fue el motivo por el cual solicité ayudante. El primero, se trata de demostrar la inocencia de un hombre que ha sido preso por haber matado a su mujer, según parece. El segundo, un caso de investigación básica que tú habrás de esclarecer, se lo debemos a un hombre que llegó aquí hace una semana contrito y cariacontecido, verdaderamente atribulado porque existen en el reciente embarazo de su mujer, cosas que no logra explicarse de ninguna manera. ¿Cómo puede ser –me dijo-, si trae puesto el dispositivo intrauterino y, como ello al parecer le ocasiona alteraciones del ritmo menstrual, ha estado tomando pastillas anticonceptivas. Pero eso no es todo. Por si fuera poco, hace ya varios meses que dormimos cada quien en su propio cuarto y los contactos han sido sorprendentemente esporádicos? ¿No crees, mi querido González, que es urgente nuestra ayuda?
-¡Desde luego! –respondo entusiasmado. Pancho Carrizales, a quien desde este momento llamaré Curièux a Toqué, se echa una gabardina a la espalda, alisa con la mano sus gruesos cabellos, en una pasada rápida de la lengua somete el amplio bigote y me dice:
-Vamos a la calle, tenemos mucho qué hacer.




[1] Esta cita fue tomada del libro Morirás Lejos, de José Emilio Pacheco. La pretensión no es plagiar, sino dar a entender a los lectores a quienes está destinada la presente obra (estudiantes de investigación documental, en secundaria y bachillerato), que es posible indagar en otras fuentes e integrarlas al nuevo discurso, siempre y cuando se cite la fuente y se le de pertinencia.
- PACHECO, Emilio. Morirás lejos. Ed. Joaquín Mortiz-SEP, 1986. México, D. F. 159 págs.

[2] Esta porción de texto fue tomada de Carlos Fuentes: Aura; con idéntica intención de la anterior.
- FUENTES, Carlos. Aura. Eds. FCE, OEM (El Occidental). Col. Periolibros. Guadalajara, Jal. 1994. 25 págs.

[3] Parafraseando a Conan Doyle, Curièux a Toqué se permite dar el mismo tratamiento a su interlocutor, que Sherlock Holmes a Watson.
[4] Misma intención de la nota anterior, llamándolo ahora por su nombre.

Curiéux a Toqué busca ayudante: Capítulo dos

Dos

Viajamos en un coche común y corriente para no llamar la atención. Su dueño, Curièux a Toqué, dice que cualquier cosa demasiado notoria puede dar al traste con un trabajo en el que se debe estar al pendiente de no remover sospechas. La discreción es muy importante.
Estamos de regreso de la penitenciaría. Fuimos a visitar a un cliente de mi empleador. Después de conocer los pormenores del caso, me voy convenciendo de que la investigación y el ser investigador, son algo verdaderamente interesante.
Se trata de demostrar la inocencia del hombre a quien se atribuye la muerte de su esposa. Yo en este momento no sé cómo podrá hacerlo mi jefe, pues, según oí la historia, el hombre en cuestión es realmente culpable, mientras no se demuestre lo contrario, claro.
-Te parece que no tiene pies ni cabeza, ¿verdad? –me dice Curièux a Toqué desde el volante.
-¿Quién? – le contesto incómodo y sorprendido por esa manía que tiene de leer el pensamiento.
-No, no leo el pensamiento, ya te lo he explicado; sólo es cuestión de observación, de constancia, de lógica. Sé que piensas en la suerte del preso porque desde que estuvimos allá no has cambiado ese aire preocupado y pensativo. No te alarmes demasiado. Se resolverá, se resolverá.
Su seguridad me da confianza, pero no abre en mi mente la posible solución.
-Sólo es necesario no perder el hilo de los acontecimientos. Eslabonarlos correctamente y no dejar partes aisladas o cabos sueltos como vulgarmente se dice. A ver, ¿cómo lo contemplas?
-Bueno –le contesto-, el hombre ha dicho…
-“Equis”, llamémosle equis (X), para no confundirnos y ser más técnicos.
-Está bien. X dice que la mañana de los acontecimientos, él y su mujer…
-“Ye”, refirámonos a ella como “Y”.
-Sí, que X y Y despertaron como todos los días. Él (X), preparó el baño para ella (Y), la tomó en vilo y desde la cama la llevó a la tina. Allí le humedeció el cuerpo, la jabonó, le escurrió agua limpia, la secó con una toalla, la llevó de nuevo a la cama, le aplicó talco y lociones aromáticas, la vistió, le dio un beso…
-¿Por qué hacía X todo eso?
-Porque su mujer era inválida desde cinco años antes. En esa condición había quedado desde el accidente automovilístico que sufrieron durante la luna de miel. Ella se fracturó la pelvis y adoleció de sección medular entre la última vértebra dorsal y la primera lumbar, que le dejó las extremidades inferiores sin movimiento, las vísceras con cierto retardo de sus funciones normales. Entonces, en parte por la invalidez de Y, y en parte por el sentimiento de culpa de X, éste se hizo cargo de cuidarla y atenderla devotamente. Lo había hecho bien, hasta la mañana en que ella murió misteriosamente.
-Ajá. X le dio un beso y fue a la cocina a preparar el desayuno. Mientras Y comía lo suyo allí, en su cama, X se metió a bañar.
-Y cuando salió, se vistió, levantó la charola de los utensilios de Y, los llevó al fregador, regresó por Y y la llevó abrazada hasta la sala –que estaba en la planta baja-, la colocó en su silla de ruedas, le dio un nuevo beso, abrió la puerta de la calle y se fue al trabajo.
-Mas, cuando llegó a la oficina se dio cuenta de que en el saco que se había quitado quedó un documento importante. Presurosamente llamó a casa para decirle a Y que advirtiera de ese olvido a la muchacha que lavaba la ropa, y evitar de ese modo que se estropeara el papel. Pero cuando el teléfono dio línea contestó un hombre: <<bueno>>. X creyó haberse equivocado al marcar; así que, sin decir nada, colgó y volvió a marcar. El teléfono timbró incesantemente, pero ya nadie respondió.
-Así nació en X la sospecha de que algo le hubiera ocurrido a Y. Dijo a su secretaria que tenía que regresar a casa, que creía que algo malo estaba pasando y que, en cuanto pudiera, vendría de nuevo a la oficina. Al abrir la puerta de la calle, lo primero que vio fue la silla de Y vacía, y a ésta tirada en el suelo.
-Muerta.
-Sí, muerta. Llamó a la policía. Le recomendaron que no tocara nada y enseguida llegaron.
-tomaron fotos de los objetos, de toda la casa, de la posición en que se halló el cadáver; se dibujó la silueta de éste en el suelo, se hizo el levantamiento de algunas manchas, se revisaron las manos del cadáver, lo levantaron, lo pusieron en la ambulancia y lo trasladaron a la morgue.
-Donde el forense llevó a cabo la autopsia y determinó el conocido estado de Y, previo a su muerte. Señaló que no había datos de violencia, que no parecía haber sido violada y que (dato importante), presentaba traumatismo cráneo-encefálico con pérdida de la continuidad de la piel, cabellos fragmentados, fractura del hueso occipital y pérdida de una pequeña porción de masa encefálica, producidos al parecer por agente contundente de peso considerable y aplicado con una fuerza poderosa. No hubo pérdida de sangre. El informe decía también que en el momento en que estas operaciones fueron realizadas, el cadáver no parecía tener más de tres horas de serlo.
-Y estas fueron pruebas contundentes y suficientes para dictar sentencia de formal prisión a X, por un total de veinte años por uxoricidio, con premeditación, alevosía y ventaja.
-Y éste el motivo por el que nosotros estamos aquí.
-Sí, mi querido Antonio; pero no gastemos nuestras fuerzas de una sola vez. Llevemos esto con calma, pero con paso seguro. Como ves, tenemos un caso, o, lo que es lo mismo: un problema de investigación. A veces, cuando ya se tiene experiencia puede uno organizar el trabajo mentalmente; pero lo mejor es llevar registro de todos los hallazgos: documentos, pruebas, seguimiento, agenda… Personalmente, yo prefiero hacerlo así; es más seguro. Además, ya alguien lo decía: “Vale más la tinta más débil, que la memoria más fina”. Aquí, mi querido Antonio, es donde empieza tu aprendizaje.
Detiene el carro frente a la Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades. Es un edificio nuevo, con amplios ventanales. Su interior es cómodo. Hay muchos estantes llenos de libros; grandes corredores, incontables cubículos de lectura. En la planta superior se ven pequeñas salas para conferencias, para trabajos en equipo; salas de proyección, un área de cómputo, un cuarto cuya puerta ostenta el letrero de: HEMEROTECA; más allá la videoteca…
-¿Qué hacemos aquí? –le pregunto a Curièux a Toqué.
-Aprendemos a investigar. Ya lo hemos dicho antes, esta actividad deberá tener un carácter científico; si no, será mejor dejarla. Por lo pronto, allí hay unas cajas[1] que contienen tarjetas, y éstas, los datos de los libros con que cuenta la biblioteca. Puedes hallarlos por el nombre del autor, por el título del libro o por el tema que te interese conocer. En este momento yo necesito consultar algunos materiales de la hemeroteca. Mientras, tú consultarás[2] por favor las palabras: ciencia, conocimiento, investigación, sujeto de la investigación, medios de la investigación (método y técnicas) y objeto de la investigación. También, si no es mucho pedir, busca el significado de la palabra observación. Utiliza al menos tres libros diferentes para cada concepto. Y, de cada libro consultado, elabora una tarjeta comoésta, con los datos que se te piden.










1.- NOMBRE DEL AUTOR (empieza por el o los apellidos).
2.- TÍTULO DEL LIBRO (después de coma, subrayado y con punto final).
3.- EDICIÓN (sólo de la 2ª en adelante).
4.- NÚMERO DE VOLÚMENES (cuando la obra conste de varios. Después del título. Se abrevia t o vol.).
5.- LUGAR DE LA EDICIÓN (ciudad o país, o ciudad y país).
6.- EDITORIAL (si no lo muestra, la imprenta).
7.- EL AÑO DE LA EDICIÓN.
8.- EL NÚMERO DE PÁGINAS DEL VOLUMEN (después del año y de punto).
 
 












Cuando hayas terminado, lee cada uno de los conceptos en sus tres versiones, y elabora una definición propia[3].
Verdaderamente impresionado, casi incrédulo por la forma que mi jefe tiene de hacer las cosas, sacudido por mi falta de costumbre de visitar lugares como éste, saturado de tantas cosas que se ven aquí, sin saber a quién dirigirme y, pudiérase decir que hasta asustado, le dije:
-¿Eso significa que tendré que leer?
-Y que escribir. “La lectura es un instrumento básico para lograr una vida más completa. A través de ella podemos tener acceso a los conocimientos y emociones de los seres humanos de todos los tiempos (…). Por eso existe el recurso de las bibliotecas, que por siglos han mantenido viva la memoria escrita de la humanidad”[4]. La lectura, querido Antonio, acerca la información para la formación –una sonrisa leve asoma a sus labios.
Curièux a Toqué emprende la marcha corredores adentro y yo lo sigo con la mirada hasta que se pierde tras la puerta de la hemeroteca[5]. Yo, por mi parte, me dispongo a cumplir con mi deber. Me acerco a las cajas antes señaladas y descubro un letrero encima de ellas que dice: CATÁLOGO. En realidad es un mueble sólido, de madera pintada con esmalte anticorrosivo gris. Contiene treinta y seis cajones largos, divididos en tres grupos de doce, pintados a su vez de rojo, amarillo y azul, respectivamente. Todos muestran al frente, debajo del asa, una o dos letras del abecedario para facilitar la búsqueda. Los cajones rojos pertenecen a los libros signados por TÍTULO. Los amarillos, al AUTOR; y los azules, al TEMA. Como no dispongo de título ni autor alguno, dirijo mi mano al cajón azul que tiene las letras I-J[6]. Hay una cantidad extraordinaria de tarjetas. Rápidamente busco la palabra investigación. Encuentro al menos veinticinco libros que contienen la palabra, además de las enciclopedias y los diccionarios donde se pueden consultar definiciones concretas. Empiezo a sentirme agobiado. Es en verdad un mundo de información. ¿Tendré que leerla toda? Si escojo, como dijo mi patrón, tres libros, y no son los correctos, ¿tendré que volver sobre cada uno de los otros? ¿Es necesario que lea completos los libros? Imposible. Curièux a Toqué volverá en pocos minutos y yo no habré terminado siquiera de ubicar las obras que contienen las palabras que me ocupan; así que, optaré por algo que parece fácil, me lo dice el instinto[7]: revisaré los índices[8] de cada libro, y allí donde halle los capítulos que me sean de utilidad, daré una ojeada y también un hojeada rápidas; veré qué realmente podría resolver mi problema, anotaré las páginas donde está contenida la información al final de cada tarjeta donde están los datos completos del libro[9], y volveré en cuanto me sea posible para completar esto y mostrárselo en un informe más o menos decoroso a mi amigo Toqué.
Tomo, como digo, las obras que verdaderamente me importan, voy con ellas a un cubículo de lectura y me instalo a hacer una revisión de la bibliografía, para saber lo que hay.
En el cubículo de la izquierda está ubicada una muchacha de entre veinticuatro y veinticinco años. Lleva lentes de cristal claro; el pelo castaño atado con un listón, le cae hasta media espalda. Viste una blusa ajustada que tiene franjas de muchos colores, dispuestas en sentido horizontal; pantalón de mezclilla y tenis. Ella es delgada, morena, de manos un poquito largas cuyas uñas lucen esmaltadas de carmín. Voltea ligeramente al advertir que me instalo, y esboza una sonrisa franca.
-Hola –le digo con timidez, pues no sé qué actitud adoptar frente a ella.
-Hola –me contesta-. ¿Eres nuevo por aquí? Nunca te había visto.
-Sí. Soy nuevo.
-¿Investigas algo?
-Precisamente, me estoy convirtiendo en investigador, y vine a saber lo que es investigar, y todas esas cosas que tienen que ver con la investigación.
-¿Estudias algo?
-Hace tiempo que estoy fuera de la escuela. Sucede que adquirí un empleo y, para mantenerlo, debo saber esto. Es mi jefe quien me trajo.
-¿Trabajas en algún laboratorio o algo así?
-No. Soy aprendiz de detective.
-¿De veras? Yo creí que los detectives no se metían en esto. Uno los concibe de otra manera.
-Es lo mismo que dice mi patrón. Que todo mundo considera a los detectives como unos patanes, que el cine les ha llenado la cabeza de falsas apreciaciones acerca de la profesión. Y es eso exactamente lo que se propone romper: la creencia de que el detective es más producto de la improvisación que de la ciencia. Por eso estoy aquí.
-Oye, suena interesante.
-Y parece que los es. Yo nunca me había metido entre tantos libros[10], de momento no sé ni cómo empezar.
-Si no te molesta, yo puedo decirte cómo. En este momento yo misma estoy haciendo una investigación muy extensa acerca de si la televisión propicia violencia en niños de entre cuatro y doce años. Es para mi tesis[11].
-No, no me molesta. Al contrario, me serías de gran ayuda. Por lo pronto tengo una tarea –le muestro las palabras que debo investigar, las tarjetas que debo de llenar y las definiciones que debo elaborar- y considero que el material está aquí reunido. Mas, como creo que tendré que asistir a este lugar hasta convertirme en un investigador verdadero, aquí nos seguiremos viendo.
-Si no lo sabías, lo que tienes que hacer son fichas bibliográficas, de trabajo y de comentario[12]. Yo pienso que no te han dado su nombre técnico para que no te asustes y para que te familiarices primero con el trabajo y el material, y después con los conceptos. Bien se ve que tu maestro sabe lo que hace.
Cada uno nos ponemos en nuestro quehacer. Ella está muy concentrada. A mí me cuesta mucho trabajo. Oigo todos los pequeños ruidos, me distrae el entrar y salir de las personas, me incomoda el olor a papel viejo de una gran cantidad de volúmenes que se hallan en esa condición, la tinta de los libros nuevos, el perfume de múltiples lociones…
Curièux a Toqué me tienta la espalda y me hace la seña de partir. Le digo adiós a la muchacha. Ni siquiera me dijo su nombre. Bueno, ya habrá ocasión de investigarlo.



[1] El alumno deberá investigar el concepto, las características elementales y el uso del catálogo.
[2] Es deseable que el alumno ejecute las tareas que se le van proponiendo, a modo de reforzar su aprendizaje de la investigación con la práctica investigativa.
[3] Ver ejemplos al final del capitulo.
[4] MAGALONI, Ana María. Cómo acercarse a la biblioteca. Completar esta cita después.
[5] Investigar la definición, la organización y la importancia de la hemeroteca.
[6] Sugerencia para quien desea investigar sobre algo y no sabe cómo empezar.
[7] En investigación vale la pena ser creativo y echar mano de la imaginación o del sentido común para resolver problemas; pero no debe tomarse esto como una simple improvisación.
[8] Los subrayados destacan la importancia de agilizar la búsqueda, localizar las fuentes y los capítulos útiles, el valor de la observación y registro de datos, el que la investigación no es cosa de una sola vez, y que los resultados de ésta deben concretarse siempre en un informe de diverso carácter según se requiera.
[9] Se trata de la ficha bibliográfica. El personaje dice “tarjetas donde están los datos completos del libro” porque asume que aún no sabe investigar, pero poco a poco irá incorporando la terminología de este proceso a su nueva condición intelectual.
[10] Para muchas personas la investigación no es atractiva porque no han cultivado el hábito y el gusto de la lectura. Se recomienda leer con frecuencia, preferentemente obras literarias, pues motivan y hacen crecer la imaginación creadora: útil en todos los ámbitos, incluyendo el de la investigación.
[11] La investigación, como puede verse, está presente y es necesaria en todos los contextos de la vida humana.
[12] Se recomienda al lector que investigue todo lo concerniente a elaboración de fichas bibliográficas, hemerográficas, filmográficas, fonográficas… y de trabajo (textual, de resumen, de paráfrasis, de síntesis, de comentario y mixta).

Curieux a Toqué busca ayudante: Capítulo tres

Tres

Estamos en casa de Curièux a Toqué. Él se ha puesto ropa de descanso y pantuflas. Entra en la cocina a preparar café, mientras yo intento organizar de alguna manera la cantidad extraordinaria de materiales que he obtenido en una semana de trabajo en la biblioteca. Al principio me había parecido que leer tantos libros sería la cosa más aburrida y desperdiciada que hubiera realizado en la vida. Hoy mi opinión es totalmente opuesta. He de agradecerle a mi jefe que empezara conmigo de ese modo, pues la verdadera investigación comienza con la revisión bibliográfica de cualquier cosa que sea del interés del investigador. Esto sirve para varias cosas: una, darse cuenta de lo que ya se ha hecho en el sentido de lo que uno busca, para no repetirse con otros investigadores y duplicar inútilmente esfuerzos y gastos; otra, para descubrir cosas que no se hayan buscado todavía y que pudieran ser exploradas con éxito; tercera, para validar de alguna manera lo que uno hace, y no parecer, en un momento dado, charlatán o loco. Siempre es bueno demostrar que no estás solo en el camino, y que lo que haces tiene fundamentos sólidos.
Curièux sale de la cocina. Trae una charola con café para los dos y algunas galletas compradas de pasada en el supermercado.
-¿Y bien?-pregunta.
-¿Y bien? –respondo, porque ignoro la ruta que lleva su cuestión.
-¿Cómo vamos con tu preparación? ¿Qué de bueno ha salido de la biblioteca?
-¿Aparte de conocer a Gloria? –intento hacerme el desentendido porque en este momento no me siento seguro de que mis apuntes sean suficientemente válidos. ¿Quieres que te lea un informe[1]?
-Sería conveniente, pero por la escasez de tiempo, prefiero que me relates tus hallazgos, pues deseo saber, además, cuánto llevas ya en ti de todo lo que has leído; me parece que eso es lo verdaderamente valioso e importante[2].
Me remuevo un poco en el sofá. Hago dos o tres movimientos de garganta para aclararla un poco. Tomo un sorbo de café.
-¿En este momento? –pregunto casi en tono de imbecilidad.
-Sí –me dice él con un rostro inmutable y serio, muestra de que no le hace gracia mi tardanza.
-Pues… no encuentro cómo empezar… pero… creo que como lo hacía en la escuela está bien. Resulta que busqué los significados de las palabras en un mínimo de tres libros cada una. Casi todas en los mismos libros, pues se relacionan estrechamente y, a este respecto, quiero agregar que no pude investigar únicamente lo que me pediste, porque había otras cosas de las cuales tenía que hablar para que fuera mejor comprendido lo que estaba buscando. Esto quiere decir, que me he dado cuenta de que ningún conocimiento está aislado completamente de otros. Que para poder explicar algo, es necesario ampliarlo por medio de otro algo. ¿Cómo decirlo? Vamos, si el significado de una palabra tiene que explicarse con otras palabras, el sólo hecho de emplear palabras ajenas a aquella que se desea deslindar, ya compromete al investigador a conocer por lo menos el significado de cada palabra nueva que se haya de emplear. Esto me sucedió con la tarea que me habías encargado. De ese modo supe que conocimiento y ciencia pueden pasar por sinónimos. Es decir, que ciencia y conocimiento son la misma cosa, pero con una discreta variante para poder distinguir a una del otro y viceversa. Saber que el agua es líquida, por ejemplo, es un conocimiento. Saber que además de líquida se la puede encontrar sólida o gaseosa, es otro conocimiento. Pero saber que esos estado se modifican por efecto del calor y del frío, de la ebullición, la evaporación y la condensación… que hay agua dulce y salada, que está en charcos, lagunas, lagos, arroyos, ríos, mares, océanos… que constituye hasta el setenta por ciento del peso corporal de un hombre, que es un solvente universal, que es un medio de transporte de sustancias entre la sangre y las células… saber cada uno de esos conocimientos en función de los demás, en forma sistemática, eso constituye la ciencia. Lo que es lo mismo: cuando un conjunto de conocimientos se ordena y nos da un reflejo aceptable, razonable, de la realidad, estamos en presencia de la ciencia. ¿Y qué es lo que nos permite conocer, manipular, transformar la realidad? La investigación. Porque la investigación es la búsqueda, la indagación, el rastreo de información acerca de algún aspecto de la realidad, que nos sea útil para conocerla (si investigamos por curiosidad), para transformarla (si investigamos por necesidad), para anticipar y prevenir problemas o para resolverlos si ya los tenemos con nosotros. ¿Voy bien?
-Sigue. Creo –y lo digo con emoción- que no me equivoqué contigo. Sigue.
-Supe que hay varios tipos de investigación, pero todos ellos se pueden englobar en dos grupos: 1) la investigación directa y, 2) la investigación indirecta. La primera consiste en que quien investiga recoge por sí mismo los datos, obteniéndolos de cualquier lugar y/o circunstancia. La otra, en que quien investiga se vale de otros individuos o de ciertos instrumentos para recoger dichos datos[3]. Sé que esto es muy claro para ti, Curièux a Toqué, que ya eres un investigador reconocido y famoso, pero aun así, quiero que me escuches, porque de ese modo lo será también para mí.
-Adelante –se ve muy interesado en secuencia de mi discurso.
-Por lo menos otras cuatro formas de investigación que puede englobarse perfectamente en las dos anteriores, quedaron claras en mi percepción. Aclaro que ninguna se da en forma pura, sino de manera predominante, y que el uso de una o de varias de ellas depende del estilo del investigador o del problema a investigar. Bueno, seguimos. Decía que al menos cuatro formas de investigación he entendido: A) la investigación documental que, como su nombre lo indica, es aquella en que el investigador indaga en todo tipo de documentos hasta que su curiosidad o su problema se encuentra satisfecho. B) la investigación experimental. En esta, el investigador es capaz de diseñar un experimento, pensar los pasos a seguir, plantearse una respuesta tentativa a su problema, y ser capaz de repetir el experimento cuantas veces sea necesario hasta la solución del problema. Por lo regular, este tipo de investigación tiene mucha aceptación en las ciencias naturales. C) la investigación participante: puede considerarse como una variante de la investigación de campo, sólo que en ésta (la participante) el investigador se interna en la situación a investigar, intentando que su presencia modifique mínimamente los datos o, de ser posible no los modifique. Estas dos formas de investigación (de campo y participante) son muy válidas en las ciencias sociales. Mira Curièux, cuando llegamos por primera vez a la biblioteca y vi cuántos libros había sobre investigación, pensé de inmediato que esta tarea no era para gente como yo. Pero, una vez entrado en páginas, el panorama se fue extendiendo sorprendentemente, y heme aquí, maravillado por completo, y convencido de que me estaba tardando mucho. Me hubiera gustado que, no sé, desde la secundaria, o desde antes, alguien, algún profesor me hubiera hablado de las bondades de la investigación.
Curièux a Toqué suelta una estruendosa carcajada que no se detiene sino cuando se le cierra la garganta y empieza a toser sofocadamente. Luego, con gran esfuerzo por recuperar la compostura, me dice con palabras entrecortadas:
-Ah, mi querido Antonio. La fantasía es buena, habla bien de quien la lleva en sí, porque hace pensar que éste es un individuo creativo, pero no opera adecuadamente en todas partes. No sueñes. En nuestro país tardará mucho tiempo para que eso suceda. Todos, óyelo bien, todos hemos crecido con la idea de que alguien debía habernos iluminado en las cosas buenas de la vida, y pensamos en nuestros profesores; pero ellos, por ignorancia, por negligencia o por egoísmo, creyendo que son o que deben ser los únicos dueños del saber, te dejan a rascarte con tus uñas. Este país está poblado de profesionistas que no saben cómo ejercer su profesión, porque siempre se atuvieron a lo que sus profesores les decían, creyendo a ciegas en su verdad. Pero yo te lo digo ahora: “no hay profesor, por genial que sea o que parezca, que pueda enseñarte más de lo que tú quieras saber por ti mismo”. Es decir, adopta una actitud de trabajo, de búsqueda, de inconformidad. Cuestiona, reflexiona, indaga… ¿Sabes?, la mayor parte de los profesores consiente en que si te revelan el secreto, pronto serás superior a ellos, y en consecuencia se verán desplazados por ti. ¿Entiendes? Sin embargo, y aquí viene la paradoja, todos los grandes científicos del mundo y de todos los tiempos, más de alguna vez tuvieron a su lado a un profesor. Ahora hablo de los pocos que reconocen su grandeza y la tuya, y son capaces de toda la humildad que su sabiduría les da para poder llevarte hacia la verdad. ¿Cómo lo ves?
-¡Magnífico! Empiezo a reconocer en ti a uno de esos maestros.
-No, mi querido Antonio, no entremos en halagos, porque cuando se llega a ese momento, la verdadera esencia de la ciencia y de la investigación, comienza a andar por el camino de la perdición. Mejor, en el tiempo que nos resta antes del trabajo, termina de construir tu discurso[4].
-¿En qué nos quedamos? ¡Ah, sí! En las diferentes formas de investigación. Y dentro de lo mismo, me pediste que viera qué o quién es el sujeto de la investigación. Al respecto hay muchas discusiones filosóficas que tienen que ver con quién y en qué forma contempla el mundo. Por ejemplo, hay quienes dicen que el sujeto, es decir el hombre, cuando está en presencia de un objeto, advierte la presencia de éste, porque el hombre tiene la capacidad para advertirlo. Otros se oponen argumentando que no es el hombre quien cuenta con la capacidad de percepción; sino el objeto, el que puede por medio de su propia capacidad, sensibilizar al sujeto (hombre) para que se percate de la presencia de tal objeto. Por otro lado, hay quienes opinan que si el objeto no fuera capaz de sensibilizar al sujeto, ni el sujeto capaz de percibir al objeto, entonces no pasaría nada; como aparentemente ocurre entre los demás animales y las cosas. Que si se concilian ambas posturas, la ciencia se da de una manera más fluida y más consciente. Cómo éstas hay muchas otras posturas, cada una con un nombre, cada una con su propia orientación, pero todas útiles en su lugar y en su momento para que el hombre conociera su entorno y generara la ciencia y la tecnología que le han permitido sobrevivir, progresar y civilizarse. Por lo pronto, en palabras fáciles, encuentro que el sujeto de la investigación será siempre el investigador. El sujeto cognoscente, el que quiere conocer. Mientras que el objeto a conocer, o el objeto de conocimiento será la realidad. Tampoco entraremos en todas las discusiones filosóficas que existen en torno a lo que es, a lo que no es o a lo que parece ser la realidad. Diremos únicamente, que la realidad es el entorno del hombre, todo lo que lo rodea: los objetos, los animales, las plantas, el agua, la tierra, el aire, el fuego, los planetas, el universo, los otros hombres… Ah, por cierto: antes de seguir quisiera aclarar que cuando me refiero al hombre investigador, y al hombre investigado (objeto de estudio), incluyo en mi expresión a la mujer, porque me estoy refiriendo al hombre como género humano, no como individuo. Es que entre las múltiples lecturas que he realizado en estos días me encontré con una serie de polémicas por las cosas que son y que no son políticamente correctas; y no quisiera hallarme en los periódicos, metido en problemas de feminismo mal entendido, de ninguna manera.
-Por lo pronto vamos bien –interrumpe Curièux a Toqué, al parecer más emocionado que yo-. ¿Qué me dices del método y la técnica?
-Según lo consultado, método es el camino a seguir para llegar a un fin. Permíteme ser claro. Yo, como investigador, no puedo ponerme a investigar sin rumbo. Es necesario que dé orientación a mis pesquisas, porque de otro modo correré el riesgo de acumular tanta información que luego no sabré para qué me va a servir, ni cómo la organizaré. Así que si deseo ahorrar tiempo y esfuerzo, debo saber lo que busco y darle un orden. Los que saben más que yo de esto[5], dicen que básicamente hay dos métodos, y de ellos se derivan todos los demás que pudieran sugerirse. Estos son: 1) El método deductivo, que consiste en investigar partiendo de lo general a lo particular. Por ejemplo: si la teoría me dice que todos los metales son conductores de calor y de electricidad, que son maleables, que son muy sólidos, brillantes, que se dilatan con el calor y se contraen con el frío, que son capaces de fundirse… y a partir de allí empiezo la búsqueda de todos los materiales que cuenten con esas propiedades, cada material en particular que corresponda a lo previsto, será un metal. Es así como se aplica o infiere la deducción. En el caso contrario: 2) El método inductivo, se parte de lo particular a lo general. O sea: si en este momento hallo un trozo de cierta materia que desconozco y la someto a diferentes pruebas: si resulta que es conductor, maleable, brillante y todo lo que antes habíamos dicho, podremos inferir que se trata de un metal, porque ya dice la teoría que todos los metales reúnen las condiciones antes descritas. ¿No es cierto?
-Certísimo, mi querido Antonio. Pero aún hay algo que no comprendo del todo. ¿Qué es eso de la teoría?
-Es todo lo que se sabe, lo que se ha escrito acerca de las cosas. Es el conocimiento que la humanidad ha ido acumulando desde siempre. Claro que unas épocas han rebasado a otras y les han aventajado en la claridad de su saber, pero en esencia, todo conocimiento escrito, todo procedimiento descrito, todo resultado de investigación, es teoría. Incluso la descripción de los métodos, lo es. Todo lo que yo he dicho, es teoría.
-¿Tiene alguna ventaja conocer la teoría antes de ponerse a investigar?
-Todas las ventajas que yo había enunciado al principio. Pero hay que hacer un alto de todos modos, antes de seguir. Resulta que algunos investigadores no se ponen de acuerdo y llaman a la teoría, metodología. Otros conciben a la metodología como una serie de pasos o de acciones sistematizadas para lograr un fin. Un investigador novato como yo, no tiene la obligación de casarse con una u otra tendencia; pero sí, la de definir la metodología según la entienda y desee que la entiendan quienes conozcan de su trabajo. Yo, por lo pronto, llamaré teoría al conocimiento escrito, y metodología a las acciones que realice cuando me halle en un trabajo de investigación, cualquiera que éste sea. Otra cosa: la obligación de revisar la teoría no es sólo para antes de investigar; sino para antes, durante y después.
-Perfecto. Perfecto. Por último, háblame de la técnica.
-Puedo hablar como dices, de la técnica, en general, como de todas las formas y operaciones que se realizan para obtener y registrar datos, pues estos son los portadores de la información. Dicho así, y dependiendo del tipo de investigación en el que se esté enfrascado, las técnicas son muchas y variadas. Las más simples, aunque no menos importantes, son las fichas: bibliográficas, hemerográficas, videográficas, audiográficas, cinematográficas, etc. Las fichas además, son la técnica de registro más accesible a todos los investigadores y una de las más útiles porque no sólo conservan información, sino que permiten ordenarla de acuerdo con los propósitos finales de la investigación, y hasta reutilizarlas en investigaciones futuras, incluso si tienen fines distintos. Otras técnicas existentes son: la entrevista, el cuestionario, la encuesta social, la filmación, la grabación… pero antes y después de todas, la observación. Ésta, la observación, es la actividad mediante la cual el hombre percibe todos los fenómenos de su realidad circundante[6]. Lo cual no quiere decir ver. Significa ver, sentir, oler, gustar, oír, con cierta orientación; es decir, rastrear. Pero no debe solamente percibirse la realidad, porque ello de nada sirve. ¿Para qué quiero saber que el agua cae del cielo durante una cierta temporada del año, si no he relacionado este fenómeno con el verde del campo durante esa época? ¿Para qué sirve saber que ciertas proteínas se coagulan al ser sometidas al calor, si cuando pongo un huevo a hervir en agua no puedo pensar en que está compuesto en gran parte de esas proteínas? Es obvio que la observación debe decirme –porque la he realizado en forma atenta- cómo ciertos elementos o factores de la realidad funcionan respecto a otros; es decir, se correlacionan.
Pero ello no se dará mientras no desarrolle la capacidad de observar e interpretar. El fin primero de la investigación, es la interpretación. Y el fin último de la observación, también es la interpretación. Así, la interpretación se convierte en el eje de la producción del conocimiento, y de la ciencia.
-A ver: entonces, según lo que dices, observar ¿no es sólo ver? ¿Cómo está eso? –cuestiona Curièux a Toqué con suspicacia.
-Así lo entiendo. Resulta que en los principios de la medicina, cuando alguien pudo describir la diabetes, aunque todavía no le diera nombre, había anotado cosas como éstas: <<los hombres y mujeres que tienen este padecimiento se van volviendo exageradamente delgados de una manera prácticamente inexplicable, pues junto con su menguancia de peso, aumenta su gusto por la comida; y con este gusto, empiezan a comer compulsivamente; además, tienen frecuentemente la boca seca, lo cual se debe sin duda a la frecuencia con que orinan, y que, en consecuencia, les hace perder agua. La orina se vuelve muy clara, porque siendo tan seguido, no da tiempo a tomar color. Es una orina dulce, con olor a manzanas fermentadas…>>. Actualmente hay muchos medios para diagnosticar a una persona diabética, pero en el tiempo que refiero, el decir que la orina era dulce, era porque se le observaba mediante el probar (o gustar), como si se catara un vino de cepa. Y ese olor a fermento de manzana, ¿no era observar oliendo? Cuando un médico toca el abdomen de un paciente, hunde sus dedos, percute… ¿no observa mediante el tacto?
-Efectivamente, mi querido Antonio. No me canso de decir que eres un muchacho muy aguzado, y que tú y yo haremos un gran trabajo juntos. Felicidades. Y, eso de la interpretación, ¿cómo lo entiendes?
-Luego que se ha revisado la bibliografía, que se tiene el plan de trabajo, que se han reunido parcial o totalmente los datos, éstos se organizan con cierta lógica y coherencia, en función del problema  investigar y del plan de trabajo; y, cuando pueden verse en conjunto como en un mapa, cuando se pueden agrupar por sus características comunes unos, y se pararse de otros[7], la operación siguiente es la crítica, la reflexión, la correlación y, el resultado de esto será la interpretación[8].
-Voy de sorpresa en sorpresa, ¿eh? Has dado con un concepto importante: el Plan de Trabajo. Hablaremos de él más tarde. Por lo pronto ya conocimos tus avances, ya degustamos café, es tiempo de volver al trabajo. Y, mientras hacemos lo que corresponde, piensa en los conceptos importantes que manejamos en esta conversación. Anótalos por separado con tus palabras, tal como fuiste capaz de relatármelos, y luego haz un mapa conceptual y un resumen[9]. Los quiero para mañana.
En otro momento, cuando aún no le tomaba gusto a esta labor, hubiera renegado de la exigencia de Curièux a Toqué, hubiera hecho berrinche como chiquillo mimado, y hubiera pedido un plazo mayor para la entrega del resumen y el mapa conceptual; o, de plano, me habría negado a presentárselo y hasta cabe la posibilidad de que renunciara. Pero, con los pies bien plantados, contento de mis progresos, acepté con gusto el reto. Sólo así puede uno crecer espiritual e intelectualmente. ¿Quién quieres ser –me digo-: un triunfador, o alguien que se sienta a ver el paso de los triunfadores?
Curièux a Toqué se pone la gabardina y la boina que forman parte de su atuendo habitual, mete en un portafolios un cuaderno de taquigrafía y me hace señal de salir.
Abordamos el carro y recorremos muchas calles de la ciudad. El tráfico es denso. Muchos conductores se desesperan de la lentitud con que transcurre y empiezan a sonar el claxon. El aire aparece gris de humo, y en toda la calzada reverbera el calor. Nos detenemos ante un semáforo en la esquina de Belisario Domínguez y Sierra madre. Un limpiavidrios avienta sobre el parabrisas de nuestro vehículo un trapo mugroso, mojado de agua y jabón; y, de un salto ágil y bien calculado, se sienta en el cofre y empieza a restregar todo el cristal. Rápido, con el conocimiento[10] que su oficio le impone, recoge los fluidos con un pedazo de hule y el vidrio queda limpio, aunque el cofre y los costados del carro escurren profusamente. Curièux a Toqué no se molesta. Mete la mano en uno de sus bolsillos, saca varias monedas y, sin contar, las deposita en las manos del apurado muchacho. La luz verde del semáforo enciende y nosotros seguimos la marcha.
-¿Sabes? –me dice de repente-. No aguanto este ambiente de injusticia social. Si tuviera todo el dinero del mundo, lo primero que haría sería sacar a toda esa gente de la calle para meterla en las escuelas, en el trabajo, en la certeza de una vida digna para ellos y para los suyos. Cuando les doy dinero, sé que no los beneficio, sé que no resuelvo sus problemas porque estos necesitan soluciones de fondo; pero me siento bien, porque hace muchos años yo era como ellos. Y, ¿sabes cómo escapé de allí y de eso?, por medio de la educación. Siempre me di mis ratos para ir a la escuela, no hubo día que no me desvelara haciendo tareas; no hubo cosa que deseara saber, que no preguntara. Eso fue lo que me salvó.
Lo noto conmovido. En el poco tiempo que tengo de conocerlo, he descubierto en él una gran calidad humana, un don de gentes jamás advertido por mí en nadie.
Nos detenemos en una colonia pobre, ante la puerta de una tienda de abarrotes que está justo enfrente de la casa de X y Y. Esa casa es una finca ordinaria. Tiene fachada plana, sin cochera ni jardín. La pared frontal se halla a bordo de banqueta. Tiene una puerta de acceso y una ventan en la planta baja. En la planta alta hay una pequeña terraza con techo de teja, una baranda de hierro pintada de blanco, varias macetas cuyas plantas yacen completamente secas. También hay una puerta y una ventana. Todas las puertas y ventanas, de arriba y de abajo, están clausuradas con sellos de la procuraduría que, desde luego, prohíben el paso.
Entramos en la tienda de abarrotes. Curièux compra un par de latas con néctar de durazno, frío. Me ofrece una mientras empieza a destapar la propia. Entramos de nuevo al carro. Discretamente, como si fuera un ventrílocuo, casi sin mover los labios, me dice que no haga movimientos bruscos y que observe con cuidado el área, que me fije bien dónde estamos, porque a partir del día siguiente regresaré solo.
Apura el contenido de su lata, me la entrega, echa a andar el carro y salimos del lugar.
Es ya de noche. Las actividades programadas para hoy han terminado. Es momento de descansar. Desde que Curièux a Toqué me contrató, soy su aprendiz y su huésped. Él ya se retiró a su recámara y con seguridad, está dormido. Yo me hallo en la biblioteca particular de mi jefe, listo para diseñar mi mapa conceptual y escribir mi RESUMEN:




















[1] Todo trabajo de investigación ha de concretarse en un informe de investigación (ensayo, monografía, ponencia, artículo, tesis…).
[2] Además del informe obtenido, que beneficia a la sociedad por cuanto de nuevo aporta al conocimiento, lo más importante de un trabajo de investigación es todo lo que el investigador aprende en su tránsito por los libros, las revistas, los diarios, las filmaciones, la grabaciones, las entrevistas, etc. Lo significativo es lo que al investigador le queda de esa aventura intelectual. Ver: ECO Humberto. Cómo se hace una tesis. Técnicas y procedimientos de investigación, estudio y escritura. 19ª  ed. Barcelona, España. Ed. Gedisa. 1996. 267 pág.

[3] Se sugiere al estudiante que investigue acerca de instrumentos para la recogida de datos. También qué es y para qué sirve la recogida de datos.
[4] Es importante que el estudiante adopte la práctica de escribir informes, síntesis, comentarios con redacción propia. Esto lo llevará al dominio de sus saberes y a tener sentido de la originalidad. Aquí el discurso es oral, pero debe el investigador poder moverse de lo oral a lo escrito y viceversa, con libertad.
[5] Los que saben más que yo: se refiere a los autores teóricos que ya han generado el conocimiento que a nosotros nos corresponde criticar, seguir, rechazar o refutar. René Descartes lo dice más o menos así: “Si yo he logrado ver esto, es porque he andado sobre hombros de gigantes”. (DESCARTES, René. Discurso del Método / Meditaciones Metafísicas / Reglas para la Dirección del Espíritu / Principios de la Filosofía. México, D. F., Editorial Porrúa; 1999. 166 págs.
[6] Se recomienda al estudiante investigar todos estos conceptos.
[7] El estudiante debe investigar qué son las categorías. Ver: ARISTÓTELES.  Tratados de Lógica (El Organón). México, Editorial Porrúa, 1993. 388 págs.
[8] El estudiante debe investigar todos estos términos. Es deseable que a su vez los ejercite con la guía de su profesor.
[9] La escritura frecuente ayuda a sistematizar (dar orden) el pensamiento. La elaboración de organizadores gráficos permite al estudiante ensayar su capacidad de síntesis.
[10] Cuando antes se habló de conocimiento, se trataba del conocimiento científico. Este otro conocimiento se llama empírico. El estudiante ha de investigar la diferencia entre ambos.