Curièux a Toqué busca ayudante
#buscaayudante
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Uno
“Con los dedos
anular e índice entreabre la persiana metálica: en el café donde hay una
entrada cubierta con una torre de mampostería, yo, el mismo joven de ayer estoy
sentado en la misma banca leyendo la misma sección, El aviso oportuno del mismo periódico: El Universal[1]”.
“Leo
ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días. Leo y releo el aviso. Parece dirigido a mí, a nadie más. Distraído, dejo que una
mosca caiga dentro de la taza de té que he estado bebiendo en este cafetín
sucio y barato. Yo releeré. Se solicita investigador joven. Ordenado.
Escrupuloso. Conocedor de la lengua francesa. Conocimiento perfecto, coloquial.
Capaz de desempeñar labores de secretario. Juventud, conocimiento del francés,
preferible si ha vivido en Francia algún tiempo. Tres mil pesos mensuales,
comida y recámara cómoda, asoleada, apropiada estudio. Sólo falta mi nombre.
Sólo falta que las letras más negras y llamativas del aviso informen: Antonio
González. Se solicita Antonio González… investigador cargado de datos inútiles,
acostumbrado a exhumar papeles amarillentos, profesor auxiliar en escuelas
particulares, novecientos pesos mensuales. Pero si leyera eso sospecharía, lo
tomaría a broma. Laureles 815. Acuda en persona. No hay teléfono.
Recojo
mi periódico y levanto la propina que alguien ha depositado. Pienso que otro
investigador joven, en condiciones semejantes a las mías, ya ha leído ese mismo
aviso, tomado la delantera, ocupado el puesto. Trato de olvidar mientras camino
a la esquina. Espero el autobús… repito en silencio las fechas que debo
memorizar para que esos niños amodorrados me respeten. Tengo que prepararme. El
autobús se acerca y yo estoy observando las puntas de mis zapatos negros. Tengo
que prepararme. Meto la mano en el bolsillo, juego con las monedad de cobre,
por fin escojo treinta centavos, los aprieto con el puño y alargo el brazo para
tomar firmemente el barrote de fierro del camión que nunca se detiene, saltar,
abrirme paso, pagar los treinta centavos, acomodarme difícilmente entre los
pasajeros apretujados que viajan de pie, apoyar mi mano en el pasamanos,
apretar el periódico contra el costado y colocar distraídamente la mano
izquierda sobre la bolsa trasera del pantalón, donde alguna vez (casi nunca)
guardo los billetes.
Viviré
ese día, idéntico a los demás, y no volveré a recordarlo sino al día siguiente,
cuando me siente de nuevo en la mesa del cafetín, pida el desayuno y abra el
periódico. Al llegar a la página de anuncios, allí estarán, otra vez, esas
letras destacadas: INVESTIGADOR JOVEN. Nadie acudió ayer. Leeré el anuncio. Me
detendré en el último renglón: cuatro mil pesos.
Me
sorprenderá imaginar que alguien vive en la calle de Laureles…”[2]
Pero
allí está la puerta y el número 815, efectivamente. Se trata de un edificio de
apartamentos con aspecto de vecindad. ¿Quién será capaz de vivir aquí y así?
Seguramente se trata de una tomadura de pelo. Cuatro mil pesos. Nadie que viva
aquí puede emplear a nadie que cobre esa cantidad. No importa. Yo necesito
dinero, necesito trabajo y tampoco soy investigador, ni hablo francés. En lo
único que puedo cumplir es en lo de joven y de estar lleno de datos inútiles;
aunque esto último no lo dice el periódico, se trata de una elucubración
personal.
Está
abierto. Asomo un poco la cara y allí adentro se ve un largo corredor que
conduce a todas las habitaciones de la planta baja y una escalera que lleva a
los departamentos de arriba. Entro con mucha reserva. Poco acostumbrado a los
lugares sórdidos, me siento nervioso. A un lado de la escalera hay un cuarto
que perece habitado. Toco apenas convencido de que alguien me quiera responder.
-¿Sí?
–me dice un hombre bajo, panzón, desgreñado, con ojos apenas perceptibles en el
marco de la cara, de tan pequeños.
-Este,
sabe, vengo por un anuncio que hallé en el periódico. Dan este domicilio. Yo
quería preguntarle si sabe quién convoca.
-Yo
mismo. Pásate muchacho. La verdad no creí que alguien pudiera interesarse. La
investigación en este país le suena a la gente como una cosa de otro planeta.
¿Puedo ofrecerte algo?
-¿Tiene
café?
-Instantáneo.
¿Está bien?
-Sí
–mientras lo sirve me detengo a leer una placa que encima del escritorio
anuncia: Curièux a Toqué / Investigador privado.
-¿Gustas
algo más? Huevo frito, frijoles… no es bueno tomar café solo, cuando se tiene
por lo menos tres días sin comer.
-¿Cómo
sabe que tengo tres días sin comer? –contesto entre sorprendido e indignado.
-Como
supo Dupin los pensamientos de su interlocutor en aquella obra de los Crímenes de la Rue Morgue que escribió Edgar Allan Poe. Como supo Guillermo de Baskerville en El Nombre de la Rosa cómo se llamaba el caballo del Abad. Como Hércules Poirot conoció las intenciones del criminal en Un Puding de Navidad. Por pura lógica. Sólo fue necesario ver
tu rostro, que ha perdido el brillo natural que un muchacho de tu edad debe
tener; darme cuenta que la ropa está discretamente floja como señal inequívoca
de que se ha perdido un poco de peso; tus labios están secos como muestra de
una deshidratación incipiente. Por otra parte, desde que te sentaste allí, has
pretendido esconder los pies para que yo no aprecie las grietas que atraviesan
las puntas de tus zapatos; ello indica lo escaso que andas de dinero. Y, no
pretendo ofenderte de ninguna manera, pero un muchacho de tu condición, porque
es notorio que eres una persona preparada a la que la vida no le ha hecho
justicia, por pena, por recato o por guardar la norma, no acepta un café la
primera que se le ofrece, menos si quien lo hace es un desconocido. Conque,
¿huevos o frijoles?
-Ambos,
si no es mucho cargarse.
-Me
caes bien. Creo y sé que no fallaré en que serás el mejor ayudante de quien
hubiera podido jamás disponer.
Desayunamos
casi en silencio. Yo siempre con la cabeza baja y los ojos aplicados la mayoría
del tiempo en el platillo y la taza de café. Sólo de vez en vez levanto la
vista para admirar con cuánta soltura y falta de afectación se conduce mi
empleador.
-Dime,
Antonio, ¿cómo fue que te interesaste por el anuncio? –dice mientras se lame
las gotas de leche que le han quedado en los bigotes largos y espesos como
cepillo de bolero.
-De
todos los que leí en los últimos veinte días, es para el que me siento más
capacitado; además, tengo curiosidad. Y usted, ¿cómo sabe mi nombre? No dirá
que es lo más lógico.
-No,
amigo mío, ni lo más común. Pero quiero darte una idea de lo fácil que la vida
juega con nosotros los humanos, cómo nos mezcla, nos revuelve, nos lleva y trae
de un lado para otro a su antojo como si los hombres fuésemos un haz de naipes.
Yo te he visto en el cafetín de doña Angustias, allá por la calle de la Canica
Perdida. Eres muy rutinario, cumples siempre con el mismo ritual; eso no es
bueno, la gente se vuelve muy predecible. Alguna vez, desde allí, desde la
silla que escoges en el café, ¿has visto en la acera de enfrente una casa gris
de persianas azules desteñidas por el sol y el tiempo? Casi estoy seguro que
no. O sí, pero no te das cuenta porque tu pensamiento ha estado ocupado en
resolver un problema mucho más importante: la sobrevivencia. Pues desde el
interior de esa casa, a través de las persianas te he vigilado estrechamente.
Estoy convencido desde entonces de que serás un buen ayudante, y casi
totalmente seguro de que la vida, el azar, la probabilidad, el destino o como
tú lo quieras llamar, hizo la otra parte en mi favor: que leyeras el anuncio,
que te interesaras y que vinieras a buscarme.
-¿Por
qué no fue a buscarme personalmente si le resultaba tan a propósito de sus
requerimientos?
-Porque
las cosas que le llegan a uno con facilidad, pocas veces son capitalizadas en
su justa medida. Además, en las condiciones en que te he visto me hubieras
tomado por tu Ángel de la Guarda y yo no quiero eso. Yo contaba con tu aplomo,
con tu osadía, con tus ganas y tu disposición para lograrlo motu proprio.
-Y
acertó.
-Afortunadamente.
-¿Es
usted francés?
-¡Qué
va! Yo nací aquí, en el barrio del Retiro, entre el humo de los carros, el
polvo y los filamentos de la fábrica de textiles y la hediondez eterna de las tenerías
que lo caracterizan. Si lo dices por el rótulo, sólo es para darle importancia
al asunto. Yo me llamo verdaderamente Pancho Carrizales.
-¿Y
ese Curièux a Toqué?
-Puro
esnobismo. Pancho Carrizales jamás se volvería famoso, así que me busqué un
nombre extranjerizante y que además revelara lo más relevante de mi profesión:
curioso-chiflado. Dos cualidades intrínsecas de quien, como yo, decide dedicar
su vida a la investigación. La actividad más apasionante que el hombre ha
podido desempeñar. ¿Has oído hablar del Dr. Watson, aquel personaje inseparable
de Sherlock Holmes, ambos creaciones de Arthur Conan Doyle?
-Creo
recordar una película: “El puñal de escarlata”, donde Charlton Heston hace de Holmes
y, sí, me parece que había un Watson.
-Es
que todos los detectives de la literatura han tenido siempre consigo un
ayudante o un segundo personaje con quien discuten el hilo, la secuencia de sus
pesquisas; un ayudante a quién asombrar con su talento y de cuya admiración se
han servido para alimentar ese pequeño sector narcisista de su personalidad.
Yo, sin embargo, querido González[3],
he convocado un ayudante porque creo que mi fama y mi fortuna me lo permiten,
porque el exceso de trabajo lo requiere y porque tengo el deseo genuino de convertirme en un verdadero impulsor de talentos. Aquí, mi querido Antonio[4], abundan
los jóvenes inquietos, fervorosos, emprendedores, pero se desperdician porque
nadie les ha mostrado el camino. Yo tengo fe en la juventud, y tú eres la
persona que he escogido para iniciar esto que llamaré Escuela de
Investigadores.
-Se
trata entonces de entrenar
detectives?
-Entrenar es una palabra que se queda
únicamente en la actividad mecánica y automática que, aunque es importante, rinde sus mejores frutos sólo cuando está
respaldada por el conocimiento teórico, por la vivencia empírica, y por el
compromiso y la creatividad del investigador. Es precisamente el error que
comete ordinariamente la policía; el de entrenar a sus hombres en vez de formar
investigadores. Hombres que apliquen el
saber científico y su método a la tarea de atrapar criminales. Nos
ahorraríamos muchas torturas, encarcelamientos y condenas contra personas
inocentes. Esto, mi querido Antonio, es también un problema de actitud política
que de momento no es conveniente abordar; ya habrá tiempo para discutir estas
cuestiones también importantes. Conan Doyle nos muestra a un Holmes infalible;
Agatha Christie a un Poirot extremadamente analítico; Allan Poe a un Dupin
inteligentísimo; Austin Freeman a un Thorndyke altamente deductivo; Paco
Ignacio Taibo II a un Belascoarán astuto, libre de toda la etiqueta y la
ortodoxia de todos los anteriores, un detective muy a la mexicana, pero todos
triunfadores de la policía, que aún asume prácticas feudales e inquisidoras,
con un pensamiento anquilosado y un método que depende más del terror y del
dolor que de la verdadera búsqueda e indagación.
-Quiero
serle sincero. Después de matarme el hambre, no me queda ante usted otro
recurso que la honestidad. No soy investigador, ni sé francés, ni he estado en Francia
nunca. Lo único que sé al respecto si acaso, es el llevado y traído Voilà Monsieur.
-No
importa. Me basta con que tengas disposición y carácter, que seas disciplinado
y puntual, lo demás será resuelto sobre la marcha.
-Cuando
vi el anuncio por primera vez, me imaginé que ser investigador era vestir de
bata blanca, usar gruesos lentes, tener cara de ingenuo asustado, trabajar con
máquinas sofisticadas ante recipientes que humean, disecar animales, en fin,
una serie de cosas raras a las que el ciudadano común sólo tiene acceso a
través del cine o la televisión. Me pregunté muchas veces si en este lugar
existiría gente así, o si habría aquí quién pudiera contar con todos esos
costosos equipos. Jamás cruzó por mi mente la idea de que se tratara de una
oficina de detectives.
-El
cine y la televisión también tienen la culpa de tu desencanto, porque sólo
muestran las acciones del personaje, siempre enseñan el fenómeno, llevan y
traen al héroe y dan el caso resuelto; pero no se asoman a los pensamientos, a
la actividad intelectual del individuo, no hacen un seguimiento lógico de los pasos que emprende para llegar a la
resolución del caso. Son otros los aspectos que nos atraen de la historia:
la cara o la apostura del actor, su habilidad para manejar armas, la facilidad
con que entra en pleitos cuerpo a cuerpo, su espíritu incansable para estar en
todas partes, a todas horas; el ser magnífico seductor… Es difícil creer que un
detective pueda ser un científico, precisamente porque la idea poco formada y desinformada de la ciencia nos lleva a pensar en
el hombre muy inteligente, pero con cara de imbécil. Y siendo así, lo que
menos nos gustaría en la vida es ser científicos; y sí, en cambio, ser
detectives: pendencieros, burladores y galanes. Bien podríamos pasarnos horas
incontables con esta discusión, pero no saldríamos de lo mismo. Dime, querido
Antonio, ¿alguna vez te ha interesado una mujer?
-Muchas,
pero no se me da la conversación fácil y la mayoría de las veces sólo ha
quedado en eso, en interés.
-Seguramente
habrás querido saber sus nombres, conocer si les gustan las flores, si aman la
música, o el cine, o el arte… Querrías saber si están libres o comprometidas,
cuál es la actividad en la que invierten su tiempo: si estudian o trabajan.
Cuáles son sus colores favoritos, si creen en la buena o la mala suerte…
¿cierto?
-Cierto.
-Pues
ello, mi querido Antonio, no es otra cosa que investigar. Y, en tales
circunstancias, tú has sido un investigador sin bata, sin boina y sin lupa.
-Dicho de esa manera parece
algo muy fácil.
-Y lo es. Sólo es cuestión de
tomarle el gusto. Bueno, se hace tarde y no hemos
hablado del empleo. ¿Lo tomas o lo dejas?
-Lo
tomo.
-No
te arrepentirás. Tenemos por lo pronto un par de casos que ameritan toda
nuestra atención y que es necesario resolver en el menor tiempo posible. Ello
principalmente fue el motivo por el cual solicité ayudante. El primero, se
trata de demostrar la inocencia de un hombre que ha sido preso por haber matado
a su mujer, según parece. El segundo, un caso de investigación básica que tú
habrás de esclarecer, se lo debemos a un hombre que llegó aquí hace una semana
contrito y cariacontecido, verdaderamente atribulado porque existen en el
reciente embarazo de su mujer, cosas que no logra explicarse de ninguna manera.
¿Cómo puede ser –me dijo-, si trae puesto el dispositivo intrauterino y, como
ello al parecer le ocasiona alteraciones del ritmo menstrual, ha estado tomando
pastillas anticonceptivas. Pero eso no es todo. Por si fuera poco, hace ya
varios meses que dormimos cada quien en su propio cuarto y los contactos han
sido sorprendentemente esporádicos? ¿No crees, mi querido González, que es
urgente nuestra ayuda?
-¡Desde
luego! –respondo entusiasmado. Pancho Carrizales, a quien desde este momento
llamaré Curièux a Toqué, se echa una gabardina a la espalda, alisa con la mano
sus gruesos cabellos, en una pasada rápida de la lengua somete el amplio bigote
y me dice:
-Vamos
a la calle, tenemos mucho qué hacer.
[1] Esta cita fue tomada del libro Morirás Lejos, de José Emilio Pacheco.
La pretensión no es plagiar, sino dar a entender a los lectores a quienes está
destinada la presente obra (estudiantes de investigación documental, en
secundaria y bachillerato), que es posible indagar en otras fuentes e
integrarlas al nuevo discurso, siempre y cuando se cite la fuente y se le de
pertinencia.
- PACHECO,
Emilio. Morirás lejos. Ed. Joaquín Mortiz-SEP, 1986. México, D. F. 159
págs.
[2] Esta porción de texto fue tomada de Carlos Fuentes: Aura; con idéntica
intención de la anterior.
- FUENTES,
Carlos. Aura. Eds. FCE, OEM (El Occidental). Col. Periolibros.
Guadalajara, Jal. 1994. 25 págs.
[3] Parafraseando a Conan Doyle, Curièux a Toqué se permite dar el mismo
tratamiento a su interlocutor, que Sherlock Holmes a Watson.
[4] Misma intención de la nota anterior, llamándolo ahora por su nombre.