Cuatro
Me
he levantado temprano para revisar el diseño preliminar del mapa conceptual y el primer borrador del resumen. Ahora que
ando en esto, he aprendido cosas muy importantes. Entre otras, que nunca debo presentar un trabajo elaboradode primera intención, porque en él se irán inmersos incontables errores quehablarán muy mal de mí, y que no me permitirán superarme jamás. He aprendidoque cualquier escrito: recado, carta,memorando, informe, ponencia, conferencia, ensayo… debe escribirse en borrador,revisarse, corregirse, rescribirse, volverse a corregir hasta que lo que sedesea comunicar quede dicho como uno quiere que diga. No dejar nada a la
imaginación del otro, porque ello puede generar mensajes ambiguos o
polisémicos de efecto desastroso. Asegurarse de que todo quede escrito, porque
sólo de esa manera se produce conocimiento. En el futuro alguien podría
preguntarme:
-Señor
detective, ¿para qué escribe? ¿Lo suyo no es encontrar culpables o inocentes?
¿No consiste su trabajo sólo en hallar la causa de ciertos problemas como casos
de infidelidad, de niños perdidos o secuestrados, de robos, etc.; y una vez
hecho eso, cobrar y olvidarse?
Eso
estaría muy bien y sería extraordinariamente fácil si yo fuera un chambista de
la investigación. Si sólo pensara mezquinamente en el dinero; pero junto aCurièux a Toqué he aprendido a ver esto como una verdadera profesión a la que hay que tomar con cariño y ética[1], pero
sobre todo como un ejercicio de las
habilidades del pensamiento, en pro del conocimiento y de la ciencia. Como
decía un cuento que leí en la primaria, cuyo origen y autor no recuerdo:
<<Cierta vez un anciano
plantaba una palmera, y un joven que pasaba, con curiosidad le preguntó:
-Anciano, ¿para qué siembras
una palmera si las palmeras tardan veinte años en dar fruto, y tú ya casi vas a
morir?
El anciano respondió:
-Otros sembraron y comimos.
Sembremos para que coman>>.
Del
mismo modo, cuando yo escribo, siembro;
y cuando leo, como de lo que otros sembraron.
Mientras
esto pienso, Curièux a Toqué se mueve con cierto ruido en el cuarto de los
trebejos. Ha entrado y salido cuatro veces. Ahora se dirige hacia mí. Trae un
bulto de cosas entre los brazos; casi no puede ver por dónde camina, de tan
estorbosas que resultan.
-Hola,
mi querido Antonio, ¿listo para la siguiente jornada?
No
hallo qué responder. Estoy aún con lo del resumen y, aunque no lo parece,
todavía tengo sueño. El desvelo me hace sentir algo aporreado, tengo seca la
boca, un poco irritados los ojos; experimento además un vacío en el estómago.
-Claro
–contesto, sin embargo.
Deposita
su carga en la alfombra de la biblioteca,
rodea el bulto, pasa entre una lámpara de pie y mi costado izquierdo, se
instala en un banco y me dice:
-Creo
que toda esta ropa te queda. Es mía, la usé hace mucho tiempo, cuando pesaba
treinta kilogramos menos. No está muy de moda, pero pasa. Además, para lo que
tienes que hacer hoy y los siguientes días, es Ad hoc[2].
Me
levanto, voy hacia la ropa y, la verdad, no me gusta. Son, sin ánimo de ofender
a nadie, verdaderos harapos. Yo he pasado tiempos muy críticos, pero ni en los
peores llegué a vestirme con tales ornamentos. Miro el rostro de Curièux a
Toqué. Tiene un gesto divertido y en sus ojos baila una sonrisa contenida que
no se atreve a expresar con la boca.
-¿Te
ofende usar mi ropa? –pregunta.
Sus
palabras me llegan al corazón. No se me olvida que el día que conocí a Curièux, yo
tenía por lo menos tres días sin probar comida sólida, y que fue él quien me
sacó del hambre.
-No,
pero, ¿algún día vestiste esto, de veras?
-Mucho
tiempo cuando pobre, y muchas veces cuando rico. Por dos razones: la primera,
para que nunca se me suba la soberbia y llegue a olvidarme de mi origen; la
segunda, por cuestiones de trabajo. Recuerda que en esto, debes pasar en
incontables ocasiones como la persona más ordinaria e inapreciable del mundo.
No debes despertar sospechas. Debes ser en muchos ambientes, como una mosca en
la pared: inadvertida, pero presente. ¿Me entiendes?
-Perfectamente.
Se trata nada menos que de un disfraz. ¿Cierto?
-Ajá.
Me
encanta la idea. Hace cuatro años tomé un curso de teatro y formé parte de unapequeña compañía. Para ser aficionados, tuvimos gran éxito. Volver a lacaracterización me trae recuerdos gratos de aquello. Hice de Su Alteza Serenísima en la obra de JoséFuentes Mares, que lleva el mismo nombre. El Otelo de Shakespeare; el Corregidor,en Farsa y Justicia del SeñorCorregidor; de Liborio, en ¡Viva Don Liborio Gómez!, de un tal
Francisco Cobián, entre otras. Esta vez Curièux a Toqué quiere que haga de
barrendero y afilador toda la semana. Dice que por lo regular son necesarios
entre tres y diez días para reunir datos suficientes en el ámbito de una finca.
Agrega que en su larga experiencia sólo dos casos le han llevado meses, y
promete contármelos en mejor ocasión.
Me
pongo un pantalón parduzco, una camisa beige con varias manchas de mugre. Sobre
la camisa coloco una bata grasienta de mecánico, me calzo zapatos rotos como
los que usan los mineros. De uno de los zapatos asoma por la punta el casquillo
de protección. Desarreglo mi peinado y me aplico en la cabeza una cachucha
negra, también astrosa. Curièux abre una lata de betún para calzado y empieza a
aplicármelo en el rostro, los brazos y las manos. Me asomo al espejo. No tengo
aspecto de pordiosero, pero sí de trabajador desafortunado, casi miserable.
Considero
que estoy en un buen momento de mi recién reemprendida carrera de actor, pues
me convenzo de que el personaje que quiero aparentar, está logrado con
suficiencia. A través del espejo miro a Curièux y le pregunto: ¿cumple?
-Ampliamente
–es su respuesta.
Enseguida
me ofrece una gran escoba de popotillos para barrer banquetas, un recogedor
manual de lámina, una franela desportillada y sucia, y un banquillo de afilador
con su correspondiente piedra de esmerilar.
-Te
dejaré a unas diez cuadras del barrio de X
y Y. De allí te irás caminando y
ofreciendo tu trabajo. Como no eres empleado público, dirás a las señoras que
si gustan que barras su parte de calle por unos pesos, mientras gritas algo
así: ¡tijeras y cuchillos que componer..! Ah, se me olvidaba: toma también este
silbato, para que seas más creíble. Cuando llegues a la casa, te instalas por
momentos en la tienda de abarrotes, no más de una vez al día, en tanto finges
calor y fatiga, y bebes algo refrescante. Si quieres ganar tiempo, pide que te
preparen una torta de queso o cualquier otra cosa de tu apetencia, y aprovecha para mirar todo lo que puedas alrededor. Recuerda que uno de nuestros mejores recursos es la observación. No pierdas detalle de nada. Registra cuáles y a que horas se encienden o se apagan las luces en las ventanas. Si alguien mira por éstas. De dónde entran y salen personas. Con qué frecuencia, qué hacen, adónde se dirigen, cómo visten, qué apariencia tienen, cuáles son su color de piel, su color de ojos, su estatura, su edad aparente, su complexión. Elabora un mapa de la manzana que nos interesa y hasta cinco cuadras a la redonda. En él señala las fincas que son casas habitación, las tiendas, los talleres, las cremerías, las tlapalerías, los consultorios u otros tipos de oficinas. Señala dónde se encuentra cada árbol. Qué tipo de puertas y ventanas hay en las fachadas, de qué color están pintadas éstas, qué aspecto externo tienen. Dónde sí y dónde no hay cocheras, como son los carros que hay en ellas, o los que se estacionan fuera; qué otros vehículos transitan normalmente por el área, quiénes los usan. Si hay grupos callejeros, para qué se reúnen, qué hacen cuando están juntos; quiénes pintan los graffiti… No dejes de mirar los registros del agua, los aljibes, los registros del drenaje. También los cableados del teléfono, de la televisión, dela energía eléctrica. Explora las azoteas, podrías encontrar información valiosa en todas o en alguna de ellas.
-¿Para qué sirve todo eso? –pregunto más
sorprendido que nunca. ¿Qué vamos a
hacer con lo que logre saber?
-Tomar registro. Anotar[3] en un cuaderno cada cosa que veas, cada cosa que encuentres, cada gesto
sospechoso y hasta los no sospechosos. Todo. Describir, en una palabra, la
escena. Pero durante una semana; porque , de esto puedes estar seguro, cada
día hallarás un escenario distinto, con datos nuevos y enriquecedores. Te maravillarás de todo lo que un
investigador aprende de sus propios escritos. Verás cómo en poco tiempo –y
me atrevo a decir que en horas- tendrás
una visión aguda y una habilidad
extraordinaria para sacar provecho de las situaciones.
No
necesita convencerme. Los hechos me han demostrado que la mayoría de las veces
tiene razón. Por otra parte, me agrada
que me deje investigar, que no se entrometa ni estropee mi proceso de
aprendizaje. Por lo general no da explicaciones de lo que me pide hacer, porque espera que yo me esfuerce en
descubrir el sentido de las acciones, que medite, que explique para mí, par
él y para cualquiera que pudiera interesarse, cada movimiento que se realiza,
cada dato que se encuentra, cada resultado que se aprecia. De alguna manera, me voy construyendo un estilo y una
metodología propios.
-¿En qué momento quieres que
anote todo? ¿No se supone que soy una persona de menguada
condición, con aliento para sobrevivir apenas? ¿Alguien podría creer que un
tipo de mi apariencia pueda estar alfabetizado? O, lo que es más, ¿interesado
en escribir nada?
-Harás
acopio de tu astucia. Buscarás el
momento idóneo, hallarás el rincón
adecuado. Puede ser que ni siquiera tengas que hacerlo allí, ni entonces,
sino después; pero en un lapso en el que
la memoria no sea difusa aún. Porque en lugar de hacer investigación, harás
literatura. Es decir, si los registros
no son lo más fieles[4] posible
a lo observado, podría darse el error de anotar las ficciones del sujeto, en
lugar de las descripciones del objeto de conocimiento (la realidad). No te
sientas abrumado A priori[5]. En
los primeros instantes podrás sentirte cohibido, más preocupado de no revelar
tu identidad que de registrar indicios, pero antes de que tú mismo puedas
advertirlo, ganarás la confianza necesaria para trabajar apropiadamente. A manera de entrenamiento, sugiero que antes de ir al campo de investigación, te detengas una hora fuera de esta casa y registres todo lo que seas capaz de percibir[6]. Casi del mismo modo que lo hace un escritor de novelas. Te servirá el recuerdo de una de éstas si las has leído; si no, te recomiendo que empieces a leerlas.
Evita hacer juicios anticipados como: “salió
de la casa vestido de frac, yo creo que iba a su boda…”. Este yo
creo, te revela a ti, tomando partido de los actos del otro. Cuando tú
participas en los fenómenos investigados, es perfectamente aceptable ese tipo
de expresiones en los registros. Pero si la realidad a investigar no te
incluye, lo mejor es que tú tampoco te incluyas en esas anotaciones. Ello perjudica, más que ayuda. Otra
cosa: no hables con nadie, no preguntes nada, no des información de nada que no
tenga que ver con el trabajo que ofreces en la calle. Tengo que retirarme.
Visitaré a nuestro reo. Nos veremos aquí a la hora de la cena. Realiza el
ejercicio que te sugerí y, cuando te sientas listo, cumple con tu parte. Al
final de la semana, quiero un informe detallado de tu tarea. Hasta luego.
[1] Cualquiera que sea el tipo de investigación y el asunto que se
investigue, el investigador deberá actuar pensando en las repercusiones que su
trabajo pueda provocar en otros.
[2] Es importante que el estudiante estudie
(para conocer, comprender y manejar) locuciones
latinas, porque expresan lo que de otra forma ameritaría frases o
explicaciones más largas; además, su uso vuelve elegantes los informes de
investigación.
[3] El estudiante deberá investigar qué son, para qué sirven y cómo se
realizan los registros, las notas y los diarios de campo. Ver: WOODS, Peter. La escuela por dentro. La
etnografía en la investigación educativa. Barcelona, españa; Ed. Paidós:
1995. 222 págs.
[4] Es deseable el mayor apego (fidelidad) al hecho que se investiga, sin
hacer juicios anticipados ni matizar el hecho con interpretaciones parciales
que puedan contaminar el fenómeno en
estudio.
[5] Nueva locución latina. Significa: antes de la experiencia.
[6] Esta también es una tarea para el estudiante.