miércoles, 19 de julio de 2017

Curieux a Toqué busca ayudante: Capítulo cuatro

Cuatro

Me he levantado temprano para revisar el diseño preliminar del mapa conceptual y el primer borrador del resumen. Ahora que ando en esto, he aprendido cosas muy importantes. Entre otras, que nunca debo presentar un trabajo elaboradode primera intención, porque en él se irán inmersos incontables errores quehablarán muy mal de mí, y que no me permitirán superarme jamás. He aprendidoque cualquier escrito: recado, carta,memorando, informe, ponencia, conferencia, ensayo… debe escribirse en borrador,revisarse, corregirse, rescribirse, volverse a corregir hasta que lo que sedesea comunicar quede dicho como uno quiere que diga. No dejar nada a la imaginación del otro, porque ello puede generar mensajes ambiguos o polisémicos de efecto desastroso. Asegurarse de que todo quede escrito, porque sólo de esa manera se produce conocimiento. En el futuro alguien podría preguntarme:
-Señor detective, ¿para qué escribe? ¿Lo suyo no es encontrar culpables o inocentes? ¿No consiste su trabajo sólo en hallar la causa de ciertos problemas como casos de infidelidad, de niños perdidos o secuestrados, de robos, etc.; y una vez hecho eso, cobrar y olvidarse?
Eso estaría muy bien y sería extraordinariamente fácil si yo fuera un chambista de la investigación. Si sólo pensara mezquinamente en el dinero; pero junto aCurièux a Toqué he aprendido a ver esto como una verdadera profesión a la que hay que tomar con cariño y ética[1], pero sobre todo como un ejercicio de las habilidades del pensamiento, en pro del conocimiento y de la ciencia. Como decía un cuento que leí en la primaria, cuyo origen y autor no recuerdo:
<<Cierta vez un anciano plantaba una palmera, y un joven que pasaba, con curiosidad le preguntó:
-Anciano, ¿para qué siembras una palmera si las palmeras tardan veinte años en dar fruto, y tú ya casi vas a morir?
El anciano respondió:
-Otros sembraron y comimos. Sembremos para que coman>>.
Del mismo modo, cuando yo escribo, siembro; y cuando leo, como de lo que otros sembraron.
Mientras esto pienso, Curièux a Toqué se mueve con cierto ruido en el cuarto de los trebejos. Ha entrado y salido cuatro veces. Ahora se dirige hacia mí. Trae un bulto de cosas entre los brazos; casi no puede ver por dónde camina, de tan estorbosas que resultan.
-Hola, mi querido Antonio, ¿listo para la siguiente jornada?
No hallo qué responder. Estoy aún con lo del resumen y, aunque no lo parece, todavía tengo sueño. El desvelo me hace sentir algo aporreado, tengo seca la boca, un poco irritados los ojos; experimento además un vacío en el estómago.
-Claro –contesto, sin embargo.
Deposita su carga en la alfombra de la biblioteca, rodea el bulto, pasa entre una lámpara de pie y mi costado izquierdo, se instala en un banco y me dice:
-Creo que toda esta ropa te queda. Es mía, la usé hace mucho tiempo, cuando pesaba treinta kilogramos menos. No está muy de moda, pero pasa. Además, para lo que tienes que hacer hoy y los siguientes días, es Ad hoc[2].
Me levanto, voy hacia la ropa y, la verdad, no me gusta. Son, sin ánimo de ofender a nadie, verdaderos harapos. Yo he pasado tiempos muy críticos, pero ni en los peores llegué a vestirme con tales ornamentos. Miro el rostro de Curièux a Toqué. Tiene un gesto divertido y en sus ojos baila una sonrisa contenida que no se atreve a expresar con la boca.
-¿Te ofende usar mi ropa? –pregunta.
Sus palabras me llegan al corazón. No se me olvida que el día que conocí a Curièux, yo tenía por lo menos tres días sin probar comida sólida, y que fue él quien me sacó del hambre.
-No, pero, ¿algún día vestiste esto, de veras?
-Mucho tiempo cuando pobre, y muchas veces cuando rico. Por dos razones: la primera, para que nunca se me suba la soberbia y llegue a olvidarme de mi origen; la segunda, por cuestiones de trabajo. Recuerda que en esto, debes pasar en incontables ocasiones como la persona más ordinaria e inapreciable del mundo. No debes despertar sospechas. Debes ser en muchos ambientes, como una mosca en la pared: inadvertida, pero presente. ¿Me entiendes?
-Perfectamente. Se trata nada menos que de un disfraz. ¿Cierto?
-Ajá.
Me encanta la idea. Hace cuatro años tomé un curso de teatro y formé parte de unapequeña compañía. Para ser aficionados, tuvimos gran éxito. Volver a lacaracterización me trae recuerdos gratos de aquello. Hice de Su Alteza Serenísima en la obra de JoséFuentes Mares, que lleva el mismo nombre. El Otelo de Shakespeare; el Corregidor,en Farsa y Justicia del SeñorCorregidor; de Liborio, en ¡Viva Don Liborio Gómez!, de un tal Francisco Cobián, entre otras. Esta vez Curièux a Toqué quiere que haga de barrendero y afilador toda la semana. Dice que por lo regular son necesarios entre tres y diez días para reunir datos suficientes en el ámbito de una finca. Agrega que en su larga experiencia sólo dos casos le han llevado meses, y promete contármelos en mejor ocasión.
Me pongo un pantalón parduzco, una camisa beige con varias manchas de mugre. Sobre la camisa coloco una bata grasienta de mecánico, me calzo zapatos rotos como los que usan los mineros. De uno de los zapatos asoma por la punta el casquillo de protección. Desarreglo mi peinado y me aplico en la cabeza una cachucha negra, también astrosa. Curièux abre una lata de betún para calzado y empieza a aplicármelo en el rostro, los brazos y las manos. Me asomo al espejo. No tengo aspecto de pordiosero, pero sí de trabajador desafortunado, casi miserable.
Considero que estoy en un buen momento de mi recién reemprendida carrera de actor, pues me convenzo de que el personaje que quiero aparentar, está logrado con suficiencia. A través del espejo miro a Curièux y le pregunto: ¿cumple?
-Ampliamente –es su respuesta.
Enseguida me ofrece una gran escoba de popotillos para barrer banquetas, un recogedor manual de lámina, una franela desportillada y sucia, y un banquillo de afilador con su correspondiente piedra de esmerilar.
-Te dejaré a unas diez cuadras del barrio de X y Y. De allí te irás caminando y ofreciendo tu trabajo. Como no eres empleado público, dirás a las señoras que si gustan que barras su parte de calle por unos pesos, mientras gritas algo así: ¡tijeras y cuchillos que componer..! Ah, se me olvidaba: toma también este silbato, para que seas más creíble. Cuando llegues a la casa, te instalas por momentos en la tienda de abarrotes, no más de una vez al día, en tanto finges calor y fatiga, y bebes algo refrescante. Si quieres ganar tiempo, pide que te preparen una torta de queso o cualquier otra cosa de tu apetencia, y aprovecha para mirar todo lo que puedas alrededor. Recuerda que uno de nuestros mejores recursos es la observación. No pierdas detalle de nada. Registra cuáles y a que horas se encienden o se apagan las luces en las ventanas. Si alguien mira por éstas. De dónde entran y salen personas. Con qué frecuencia, qué hacen, adónde se dirigen, cómo visten, qué apariencia tienen, cuáles son su color de piel, su color de ojos, su estatura, su edad aparente, su complexión. Elabora un mapa de la manzana que nos interesa y hasta cinco cuadras a la redonda. En él señala las fincas que son casas habitación, las tiendas, los talleres, las cremerías, las tlapalerías, los consultorios u otros tipos de oficinas. Señala dónde se encuentra cada árbol. Qué tipo de puertas y ventanas hay en las fachadas, de qué color están pintadas éstas, qué aspecto externo tienen. Dónde sí y dónde no hay cocheras, como son los carros que hay en ellas, o los que se estacionan fuera; qué otros vehículos transitan normalmente por el área, quiénes los usan. Si hay grupos callejeros, para qué se reúnen, qué hacen cuando están juntos; quiénes pintan los graffiti… No dejes de mirar los registros del agua, los aljibes, los registros del drenaje. También los cableados del teléfono, de la televisión, dela energía eléctrica. Explora las azoteas, podrías encontrar información valiosa en todas o en alguna de ellas.
-¿Para qué sirve todo eso? –pregunto más sorprendido que nunca. ¿Qué vamos a hacer con lo que logre saber?
-Tomar registro. Anotar[3] en un cuaderno cada cosa que veas, cada cosa que encuentres, cada gesto sospechoso y hasta los no sospechosos. Todo. Describir, en una palabra, la escena. Pero durante una semana; porque , de esto puedes estar seguro, cada día hallarás un escenario distinto, con datos nuevos y enriquecedores. Te maravillarás de todo lo que un investigador aprende de sus propios escritos. Verás cómo en poco tiempo –y me atrevo a decir que en horas- tendrás una visión aguda y una habilidad extraordinaria para sacar provecho de las situaciones.
No necesita convencerme. Los hechos me han demostrado que la mayoría de las veces tiene razón. Por otra parte, me agrada que me deje investigar, que no se entrometa ni estropee mi proceso de aprendizaje. Por lo general no da explicaciones de lo que me pide hacer, porque espera que yo me esfuerce en descubrir el sentido de las acciones, que medite, que explique para mí, par él y para cualquiera que pudiera interesarse, cada movimiento que se realiza, cada dato que se encuentra, cada resultado que se aprecia. De alguna manera, me voy construyendo un estilo y una metodología propios.
-¿En qué momento quieres que anote todo? ¿No se supone que soy una persona de menguada condición, con aliento para sobrevivir apenas? ¿Alguien podría creer que un tipo de mi apariencia pueda estar alfabetizado? O, lo que es más, ¿interesado en escribir nada?
-Harás acopio de tu astucia. Buscarás el momento idóneo, hallarás el rincón adecuado. Puede ser que ni siquiera tengas que hacerlo allí, ni entonces, sino después; pero en un lapso en el que la memoria no sea difusa aún. Porque en lugar de hacer investigación, harás literatura. Es decir, si los registros no son lo más fieles[4] posible a lo observado, podría darse el error de anotar las ficciones del sujeto, en lugar de las descripciones del objeto de conocimiento (la realidad). No te sientas abrumado A priori[5]. En los primeros instantes podrás sentirte cohibido, más preocupado de no revelar tu identidad que de registrar indicios, pero antes de que tú mismo puedas advertirlo, ganarás la confianza necesaria para trabajar apropiadamente. A manera de entrenamiento, sugiero que antes de ir al campo de investigación, te detengas una hora fuera de esta casa y registres todo lo que seas capaz de percibir[6]. Casi del mismo modo que lo hace un escritor de novelas. Te servirá el recuerdo de una de éstas si las has leído; si no, te recomiendo que empieces a leerlas. Evita hacer juicios anticipados como: “salió de la casa vestido de frac, yo creo que iba a su boda…”. Este yo creo, te revela a ti, tomando partido de los actos del otro. Cuando tú participas en los fenómenos investigados, es perfectamente aceptable ese tipo de expresiones en los registros. Pero si la realidad a investigar no te incluye, lo mejor es que tú tampoco te incluyas en esas anotaciones. Ello perjudica, más que ayuda. Otra cosa: no hables con nadie, no preguntes nada, no des información de nada que no tenga que ver con el trabajo que ofreces en la calle. Tengo que retirarme. Visitaré a nuestro reo. Nos veremos aquí a la hora de la cena. Realiza el ejercicio que te sugerí y, cuando te sientas listo, cumple con tu parte. Al final de la semana, quiero un informe detallado de tu tarea. Hasta luego.




[1] Cualquiera que sea el tipo de investigación y el asunto que se investigue, el investigador deberá actuar pensando en las repercusiones que su trabajo pueda provocar en otros.
[2] Es importante que el estudiante estudie (para conocer, comprender y manejar) locuciones latinas, porque expresan lo que de otra forma ameritaría frases o explicaciones más largas; además, su uso vuelve elegantes los informes de investigación.
[3] El estudiante deberá investigar qué son, para qué sirven y cómo se realizan los registros, las notas y los diarios de campo. Ver: WOODS, Peter. La escuela por dentro. La etnografía en la investigación educativa. Barcelona, españa; Ed. Paidós: 1995. 222 págs.
[4] Es deseable el mayor apego (fidelidad) al hecho que se investiga, sin hacer juicios anticipados ni matizar el hecho con interpretaciones parciales que puedan contaminar el fenómeno en estudio.
[5] Nueva locución latina. Significa: antes de la experiencia.
[6] Esta también es una tarea para el estudiante.

Curieux a Toqué busca ayudante: Capítulo cinco

Cinco

Ha sido una semana larga y fatigosa en la que he tenido que levantarme temprano y acostarme muy tarde. Sin embargo, vale la pena el sacrificio. En esto de detenerme a ver con detenimiento a las personas hay un valor extraordinario porque advierte uno cosas insospechadas. También porque –ahora me doy cuenta- somos exageradamente rutinarios. Las personas parecen autómatas. Siempre repiten los mismos actos, a las mismas horas, en los mismos lugares. Esa regularidad es lo que se toma de base para poder hallar la clave del problema que se investiga. ¿Por qué? Porque cuando hay algo que rompe con el ritual, por mínimo que sea, ese algo puede constituir la pista principal hacia la solución. Ese algo es la irregularidad, la ruptura, la mosca en el pastel.
Tengo sobre el escritorio cientos de hojas manuscritas donde anoté día por día lo que ocurre en el ámbito de la muerte de Y. Pero no basta haberlas escrito, ni saberlas de memoria porque estuve todos estos días allí; es necesario también organizarlas,acomodar juntas las cosas que son comunes, y aisladas de las que no lo son. Pensaren qué hace que algunas cosas compartan ciertas características, y por quéotras son distintas. En qué consisten las semejanzas y las diferencias. Estaorganización y/o clasificación no es posible si no leo y releo cuantas veces sea necesario, el material. Y si a este material no le hago subrayados en las partes que considero relevantes (porque en esta montaña de notas, habrá muchísimas cosas que no lo sean), como cuando alguien se propone encontrar oro y obtiene un gramo del preciado metal después de cernir y lavar varias toneladas de arena. Obtengo palabras clave, las clasifico y organizo en un cuadro de concentración de datos, en un cuadro sinóptico, en un mapa de conceptos, en un esquema de árbol o cualquier otra forma de poder visualizar en poco espacio y de manera global la información que vale la pena. Después, he de elaborar un informe tratando de explicar ese organizador de datos mediante un discurso verbal o escrito (dándole preferencia a éste). Las pocas cuartillas que resulten serán como el gramo de oro, y todos los apuntes previos, como la arena. Pero no hay que desechar de primera intención ese lastre, porque de repente podría ser necesario volver a él; tal vez ya no por oro, pero sí por otro mineral importante: quizá un diamante que vimos pasar la criba y lo confundimos con un pedazo de vidrio. En la información podríamos hallar datos, palabras, nombres, acciones que las vimos pasar, pero que de momento no despertaron nuestro interés, sino después, cuando nos damos cuenta de que es la pieza que falta para armar el rompecabezas.
Puedo empezar mi informe de la siguiente manera:
Espacios: Colonia[1] habitada por personas de clase media hacia abajo. Hay gran cantidad de casas viejas, con fachadas despulidas y mal pintadas. La herrería contiene grandes cúmulos de hollín, lo mismo que las banquetas, los marcos de las ventanas y las marquesinas. Son muy pocas las fincas nuevas y de buena apariencia. Las calles tienen incontables baches. Es malo el alumbrado público y el servicio de recolección de basura deja mucho qué desear. Al respecto las personas no son muy cuidadosas, y tiran sin escrúpulo basura por todas partes.
La manzana que incluye la casa de X y Y, contiene doce edificaciones dispuestas así: al norte se halla la entrada a una vecindad que cuenta en total con ocho apartamentos en malas condiciones; y yendo de poniente a oriente, le siguen una pequeña fábrica de calzado que se comunica por detrás con una zapatería donde se exhiben y venden sus productos. Luego se ve un taller de máquinas de escribir, una casa habitación y, en la esquina, una farmacia con dos puertas: una por el norte y otra por el oriente. En el lado sur, yendo en la misma dirección poniente-oriente, encontramos primero la pared posterior (sin puerta alguna) de la vecindad cuya entrada está en la acera norte. Al otro lado, la zapatería que se comunica con la fábrica de calzado por su parte posterior. Después una carnicería, una casa habitación, sigue la casa de X y Y, otra casa habitación, y una más en la esquina; esta última tiene su cochera por el lado oriente, y su entrada principal por el sur. En el poniente sólo existe la gran barda externa de la vecindad, con cuatro ventanas que corresponden, cada una, a los departamentos que se apoyan en esa pared. En la acera oriente, yendo de norte a sur se aprecia la farmacia, un consultorio médico y la casa habitación cuya cochera da para este lado.
Excepto la casa de X y Y, y la zapatería, que tienen dos plantas, todas las otras construcciones son de un sólo piso. La zapatería tiene abajo una cortina metálica de acceso, dos vitrinas de vidrio, un mostrador y un pequeño elevador de mano para subir y bajar las cajas de zapatos; hay además un baño inserto debajo de la escalera que da a la planta alta, donde están la bodega, un baño y la oficina donde permanece generalmente el dueño de la fábrica y la zapatería.
La carnicería también cuenta sólo con una cortina metálica al frente. En la banqueta ponen diariamente un quemador con su base y un cazo para freír chicharrones. Dentro hay un refrigerador horizontal, otro vertical, la caja del dinero, una báscula electrónica, la mesa de despacho, un lavadero y un grueso tubo de metal incrustado en la pared del fondo, con todos los garfios donde se cuelga la carne. Desciende del techo un ventilador cuyas aspas trazan un círculo de más de un metro de diámetro. Se ve una puerta que da al patio trasero, que incluye una pila de agua, un lavadero grande de cemento, un baño y un árbol de limones.
Todas las casas habitación de la manzana, tienen una puerta y una ventana, y todas están fincadas a bordo de banqueta; es decir, ninguna se desplaza hacia dentro del terreno que las soporta.
Del consultorio se advierte un biombo al estilo japonés, de imitación, que limita la calle y la sala de recepción. En ésta hay dos sillones grises, con huellas fehacientes de uso prolongado. Un pequeño escritorio y una silla, dos porta-revistas y un bote para basura. Existe una pared que separa esta área del área de consulta con su respectiva puerta. Todo lo que se alcanza a ver desde mi punto de observación. Como a la farmacia puede ingresarse por el Este y el Norte, hay dos cortinas metálicas, una en cada lado; y haciendo ángulo recto, dos vitrinas: una frente a cada puerta. Detrás de ellas hay al menos diez anaqueles con incontables productos farmacéuticos y de perfumería. Sobre una de las vitrinas está la caja registradora. Se advierte una puerta que comunica la farmacia con el consultorio y otra que al parecer resguarda el baño.
La fábrica de zapatos muestra al frente un estacionamiento para cuatro automóviles. Después de él una pared muy alta con puerta angosta a la derecha y una rejilla que va de un extremo al otro, aproximadamente a tres cuartos de su altura. Incrustados en ella hay tres extractores de aire. Es todo lo que puede apreciarse desde fuera.
La vecindad tiene una puerta con la que se inicia el patio, a cada lado del cual se hallan dispuestos cuatro departamentos. El patio está sucio la mayor parte del tiempo, y al parecer existe una eterna fuga de agua, pues siempre está mojado y el agua fluye constante hacia la calle.
En la azotea de la casa que está entre la farmacia y el taller de máquinas de escribir, hay una gran jaula de palomas mensajeras que contiene en su interior entre setenta y ochenta animales. La jaula está construida con bastidores de madera rodeados por malla para pollos pequeños. En la parte baja, a un metro de altura aproximadamente, está cubierta por gruesas láminas de cartón. Tiene dos bebederos y cuatro depósitos largos para el alimento sólido. El techo es de lámina de asbesto, y a él se adosa un ladrón con su respectivo foco.
Dos cuadras hacia el Este, por la misma calle en que está la casa que nos importa investigar, hay una iglesia. Cuatro cuadras más allá, un jardín de niños.
Dando vuelta por la esquina oeste y yendo hacia el norte siete cuadras, hay una escuela secundaria.
Y, desde luego, enfrente de la casa de X y Y, existe una tienda de abarrotes, desde donde hemos[2] realizado la mayor parte de estas observaciones. La tienda es pequeña, pero muy bien surtida. Cuenta con una superficie aproximada de doce metros cuadrados. Hay una reja de protección a setenta centímetros de la cortina, y detrás de la reja, todo lo que su propietario vende. De este lado de la reja, sólo existe un teléfono para servicio público.
Personas. En la casa que nos ocupa sólo vivían dos personas: X y Y; pero en los días en que he mantenido vigilancia, sólo una muchacha se acercó a mirar a través de la ventana cuyas cortinas están levemente separadas. Es necesario hacer un poco de sombra con la mano para poder ver en el interior. Ella lo hizo. No estuvo más de dos minutos. Se dio cuenta de los sellos de clausura, y se retiró. Ese mismo día por la tarde, dos policías retiraron los sellos. Eran las 5:32 pm.
Iremos hacia el Este, doblaremos al Norte, bajaremos por el Oeste, hasta llegar a nuestro punto de partida, para facilitar las cosas. Así, en la casa de al lado vive una pareja de ancianos. La mujer sale diariamente a las seis y media de la mañana a depositar los bultos de basura en la esquina más próxima. El camión recolector pasa alrededor de las siete a recogerla, pero por alguna razón no levanta todos los bultos de las esquinas y en las primeras horas de la mañana los perros y los pepenadotes se encargan de romperlos convirtiendo el barrio en un soberano cochinero. La mujer vuelve a la casa y cerca de las ocho, ya con ropa de calle, cruza a la tienda de abarrotes, compra leche, algo de fruta y cereales, y regresa. A las diez, ella y su marido van a misa en la iglesia cercana. Cuando vuelven, a la salida del templo compra él el periódico y viene hojeándolo con calma, atenido a que su mujer lo conduce del brazo. No vuelven a salir en el resto del día. Tienen dos hijos adultos: un hombre como de cuarenta y cinco años y una mujer que aparenta treinta y ocho. Vienen a visitarlos a las ocho de la noche y se retiran a las nueve. No traen jamás niños. Cada uno llega en carro diferente. El del hombre tiene la razón social de la empresa en que trabaja: una industria de refrescos de cola.
En la esquina sureste, habita un matrimonio cuyos miembros aparentan entre cuarenta y cuarenta y cinco años. Tienen tres hijos varones. El mayor asiste a clases en la secundaria que se había mencionado arriba; los dos menores son alumnos de primaria (se ignora dónde la cursan[3]). El muchacho de secundaria sale temprano, antes de las siete de la mañana, y se va caminando. La madre y el padre salen cerca de las ocho llevando con ellos a los hijos pequeños. Abordan un carro Datsun modelo setenta y seis, color rojo. El carro siempre está guardado en la cochera que está al lado del consultorio. El muchacho que va a la secundaria regresa un poco más allá de las dos de la tarde y no vuelve a salir sino hasta las cinco, llevando una careta y un peto de protección para las artes marciales; también una mochila donde (supongo) guarda el uniforme, los tenis, la cinta, alguna toalla… A las ocho de la noche regresan todos los miembros de la familia en el automóvil y no vuelven a salir.
Todos los días, caminando de Norte a Sur por la calle del Este, llega la secretaria del consultorio, a las ocho de la mañana. Abre, acomoda su bolsa en el escritorio, va al interior del consultorio, sale con una escoba y un recogedor, barre la salita de espera, la banqueta y la parte de calle que le corresponde, recoge la basura y entra con ella al consultorio. Enseguida sale con un trapeador con el que retira el polvo del piso, restregando éste hasta dejarlo brillante. Con una franela húmeda retira el polvo de su escritorio y de su propia silla. Luego pasa la tela por los sillones y se sienta a esperar. A las diez, minutos más o menos, llegan el doctor y la doctora. Dan la impresión de ser pareja. Se ven bastante cercanos, aunque nunca se besan, ni se toman de las manos, ni hacen nada público que revele algo de su intimidad. Salen a las dos de la tarde, suben a su carro, un Cougar azul plateado modelo mil novecientos ochenta y cinco, y se van. Regresan a las cuatro de la tarde y se retiran nuevamente a las ocho de la noche. Sólo en el caso de que tengan mucha clientela se quedan el tiempo que sea necesario después de esas horas. Casi nunca asoman a la recepción en los momentos en que no hay consulta.
La empleada de la farmacia vive a dos casas del templo. Ella abre a las nueve de la mañana, cierra a las dos de la tarde, regresa a las cuatro de la tarde, y sale a las ocho de la noche. Es una muchacha tímida. Da la apariencia de estar enferma de una cosa grave, porque es muy delgada de carnes, de aspecto débil y tembloroso; su piel es blanca como la parafina. Cuando no hay clientes llora quedo, pero largamente. Casi siempre tiene congestionados los ojos, y la mirada perdida a lo largo de la calle. Cuando no llora, se pone a limpiar anaqueles, medicamentos, artículos de tocador, vidrios… para darle siempre un aspecto presentable al establecimiento. A veces se queda con alguno de esos objetos en las manos, y lo fricciona con la franela hasta que lo deja exquisitamente pulido. Es el caso de un frasco de suero que una cliente no quiso llevarse porque creyó que le costaría carísimo sólo por la calidad del mismo.
Por la calle norte, la primera casa después de la farmacia tiene un poco desconchado el enjarre de la fachada, y la pintura se cae en pequeñas tiras quemadas y deslucidas por el sol. Cosa que llama la atención, porque el dueño es un pintor de casas ajenas, que vive con su mujer y sus dos hijos: una muchacha de veinticinco años, enfermera de un hospital particular del centro de la ciudad, y un niño de aproximadamente diez años. El hombre andará por los cincuenta, y su esposa por los cincuenta y cinco. Parecen una buena familia, aunque poco divertida. El hombre y la mujer tienen aspecto de gente de pueblo venidos a la metrópoli hace bastante tiempo. Sus hijos tienen aire de haber nacido y crecido aquí. El padre sale a las seis de la mañana y no regresa sino hasta las nueve o diez de la noche. La madre sólo sale una o dos veces a comprar víveres en la tienda que está frente a la casa de X y Y. como lo hace a diferentes horas, no se puede pensar que se trate de una rutina fija, como la de la mayoría. Su hija sale a las siete de la mañana y regresa a las nueve de la noche. A veces, además de la bolsa negra que siempre carga, trae pan de la panificadora que está en la esquina donde baja del camión, cuatro cuadras hacia el Sur, yendo por la calle Este (la del consultorio). El niño nunca sale, ni para ir a la escuela. Por alguna razón no estudia. Se queda en casa a limpiar la jaula que hay en la azotea, retirando el guano que dejan las palomas durante la noche. Va y vuelve dentro de la jaula incontables veces, caminando con dificultad, pues tiene la pierna derecha más delgada y corta que la de la izquierda, como si hubiera padecido poliomielitis. Además tose frecuentemente, hay días en que le cuesta respirar. Cuando dispone el agua y la comida para las palomas, anda casi siempre agachado y no parece estar allí porque el cartón que rodea la parte inferior de la jaula impide verlo.
Atiende el taller de máquinas de escribir un anciano de entre sesenta y sesenta y cinco años. Llega diario a las diez de la mañana y trabaja con la puerta abierta, hasta las seis de la tarde. No sale a comer. Desde que llega en su vieja bicicleta, uno puede ver el portaviandas donde lleva sus alimentos. También puede uno mirar que se quita los lentes después de varias horas de infatigable trabajo, que pone la estufa eléctrica y que calienta lo que hay en los dos o tres recipientes.
En la fábrica de calzado se trabajan sólo dos turnos: matutino y vespertino. Hay diez trabajadores por turno y dos chóferes: uno por cada camioneta. Los vehículos entran y salen varias veces al día. Los zapateros del primer turno, entran a las ocho de la mañana y salen a las cuatro de la tarde. Los del segundo, entran a las cuatro de la tarde y salen a las doce de la noche. Ninguno sale a comer, pero al menos dos veces al día envían a un trabajador por turno para que traiga de afuera comida elaborada: en ocasiones pizzas, hamburguesas, tacos, etc. Los del primer turno se retiran conforme terminan su jornada y se van dispersando en diversas direcciones. Sólo dos de ellos toman el camión que va para Talpita en la esquina noroeste.
La vecindad es otra cosa. Una ciudad pequeña. Una muestra de lo que es la vida capitalina. En el departamento 1, viven tres prostitutas jóvenes que salen a las diez de la noche y regresan a las seis de la mañana. Cuando lo hacen, llevan pelucas de colores llamativos, abundante maquillaje, minifaldas brillantes, blusas de escotes generosos y zapatos de tacón alto. Al retirarse, llega por ellas un carro negro conducido por un hombre delgado, moreno, de barba y bigote ralos, boina negra y lentes oscuros. Siempre viste de negro. Jamás se baja del carro. Sólo llega, se estaciona y espera. Las mujeres se acercan, suben, y se van todos con rumbo a los barrios bajos.
En el departamento 2, viven un abogado obeso, su esposa obesa y pálida, y su hijo pequeño, de dos años de edad. Ella y el niño siempre están encerrados. El abogado sale todos los días antes de las ocho, sube a su Malibú setenta y nueve, de color gris, se va a la oficina de gobierno donde trabaja, y regresa entre las tres y las cuatro de la tarde, abrazando enormes y numerosas bolsas de supermercado. Sobresalen en ellas los paquetes de botanas variadas.
Una madre soltera con dos niñas: de preescolar la pequeña, y de primaria la otra, sale poco antes de las ocho de la mañana llevando a la niña mayor. Vuela en el carro Caribe verde, modelo ochenta y dos. Deja a la niña en la primaria (se desconoce cuál, porque en diez cuadras a la redonda no hay ninguna), regresa a las 8:40, sale a las 8:50 con la menor, la deja en el jardín de niños que está cerca del templo, y no vuelve sino hasta la 1:30 de la tarde. Sale de nuevo a las 4:45, y regresa a las siete. Sale un poco antes de las 9, y regresa a las 10:30 u once de la noche, de lunes a viernes. Sábado y domingo cambia la rutina, pero de todos modos abundan las entradas y salidas. La primera mitad de la semana la estuvo visitando un hombre alto, flaco, canoso, muy parecido a Ungenio, uno de los personajes de la revista Condorito. Los últimos días, vino un hombre también alto, fornido, escaso de cabello en la coronilla. Es dueño de una camioneta púrpura de modelo reciente y marca Chevrolet. El último se ha quedado todo el tiempo; lleva y trae a las niñas a la escuela, trae bolsas con víveres, ha despertado la curiosidad de las mujeres de la cuadra propia y las siguientes, pero sobre todo de la que vive en el departamento 4: una maestra de aproximadamente cuarenta y cinco años, madre soltera, con una hija de segundo de secundaria. Esta maestra vive la mayor parte del tiempo que esta fuera de la escuela, metida en el templo ya referido. Es catequista y se encarga de repartir la hoja parroquial del domingo. Con este antecedente, la vida de su vecina de al lado le parece inmensamente escandalosa. De tal suerte que se lo ha contado a todo mundo, y ahora no hay mirada que no se dirija a la maestra del 3, con fuerza inquisidora.
Hasta los vecinos del departamento 5: una pareja de ancianos, con más de sesenta años cada uno (que vivirían solos de no ser por el perro pastor alemán que uno de sus hijos les dejó para cuidarles la puerta), abrieron los ojos para que les cupiera toda la incredulidad del mundo cuando se dieron cuenta de que <<la muchacha del 3, tiene una nueva movida>> -según dijo la mujer.
El hombre que habita el departamento 6, luce un aire de lunático difícil de ocultar, si fuera su propósito. Tiene como cincuenta años, no se sabe que trabaje en nada, su aspecto es descuidado. Se rumora que tuvo una mujer con la que nunca se casó, pero con la cual vivió muchos años, hasta que ella encontró alguien con quién hacer mejor vida, y lo dejó. También que se enamoró –sin compromiso de su parte- de una educadora que tampoco vio futuro saludable a su lado, y lo dejó por otro más joven, más trabajador y más rico. Y que, cuando conoció él esta nueva realidad, le dijo que produciría todos los trapeadores necesarios para bruñir el universo, con tal de que ella volviera para casarse con él (igualmente se rumora que en algún tiempo hacía trapeadores). Mas, como ella no parecía interesarse y hasta le resultaba estorbosa su presencia, él se convirtió en su sombra. Le llevaba flores de todos tipos y colores, le escribía cartas de amor desesperado, le copiaba poemas de Neruda, le llamaba en las horas más profundas de la noche, investigó los teléfonos de todos sus familiares, amigos y vecinos y a todos ellos llamó para llorar a distancia, buscando que alguien se compadeciera e intercediera por él. Pero el efecto fue peor. Ella, que no sentía haberlo olvidado del todo, y que incluso le había ofrecido su amistad, empezó a recelar de su cordura, se fue poniendo rencorosa, y terminó aborreciéndolo con un odio que podría alcanzarlo hasta el rincón más hondo del infierno. Tal es su condición actual, que todo mundo ha esperado desde hace varias semanas que salga por la puerta del suicidio (o que siga entrando por la de su amada, como lo ha hecho tantas veces cuando el hombre que ahora la ocupa está de viaje –esto también es un rumor[4]).
El 7 está ocupado por un hombre alcohólico de entre cincuenta y cinco y sesenta años, totalmente improductivo, que entra y sale cuando quiere, sin cuidado de su persona. Es viudo. Tiene dos hijas: de veintisiete y treinta años, respectivamente. Ellas son muy esforzadas, son quienes sostienen la casa. Solteras aún y, al parecer, sin compromisos. Trabajan ambas en un puesto del mercado Felipe Ángeles, del cual son propietarias. Salen muy temprano, alrededor de las cinco de la mañana, y vuelven hasta las siete de la tarde, para no volver a salir. Tienen dos hermanos: de dieciocho y veintidós años. Jóvenes parásitos[5] que se dedican a robar tiendas de abarrotes para poder alternar con sus amigos: todos los vagos[6] del barrio. Casi todo el tiempo están reunidos con los otros en la esquina suroeste de la vecindad, debajo de un gran eucalipto. Se aparecen temprano, recorren todo el barrio, se dispersan por diversos rumbos y se vuelven a reunir. No tienen horarios determinados. Cualquier momento es bueno para estar allí; incluso horas muy aventajadas de la noche. Eso sí, no se meten con ninguno de los vecinos. Al contrario, estos se sienten protegidos por ellos, de bandoleros de otras colonias.
En el departamento 8 vive la mujer gorda que se encarga de mantener limpia, si se le puede llamar limpia, la vecindad. También cobra la renta y recibe el correo. Lleva chismes de un departamento al otro y hace mandados. Sobre todo a los que por alguna causa no se mueven mucho de su guarida.
Bien, grosso modo[7] este es mi informe. Esperaré a que Curièux a Toqué lo vea y diga qué hará de él. Por lo pronto iré a la biblioteca a resolver trabajo pendiente.




[1] Este y los siguientes subrayados han sido puestos a propósito para que el estudiante observe los elementos que se reúnen en las correspondientes categorías (o conjuntos de clasificación). A la categoría espacios pertenecen por ejemplo: la colonia, la manzana, la casa, la fábrica… a la de personas: X, Y, una muchacha, los ancianos, etc.
[2] A veces en los textos científicos se emplea el estilo impersonal en la redacción de informes y se asume el nosotros como el yo que expone las ideas.
[3] En investigación pueden ser tan importantes los datos que se observan como los que se ignoran. Estos deben anotarse también porque en determinado momento puede ser la parte que falta en una indagación, y debe quedar pendiente su esclarecimiento. De otro modo, si no se anotan, podría quedar oculto indefinidamente y la investigación tornarse fallida.
[4] El estudiante debe saber que los rumores no son datos confiables en la investigación; pero se les debe tener en cuenta como una posible ruta que, bien empleada (cuestionando a los rumoreantes) podría ser de gran ayuda.
[5] El estudiante (y todo investigador) no debe interponer juicios como estos en los datos que registra, ni en las interpretaciones posteriores. Ha de limitarse sólo a describir los datos observables con la menor interferencia de matices posible. Ejemplo: jóvenes que se dedican a robar…
[6] Cuando el investigador anota un concepto como éste (vagos), deberá asegurarse de que los lectores de su trabajo lo entienden como él. De otro modo habrá que definirlo con precisión, según lo que para tal investigador significa. Pues, de no ser así, el concepto tendría el mismo carácter del término anterior.
[7] Nueva locución latina, con idéntica importancia que las anteriores.

Curieux a Toqué busca ayudante: Capítulo seis

Seis

Mientras yo tomaba notas en torno de la casa de X y Y, Curièux a Toqué visitó varias veces a nuestro cliente en la cárcel. Esperaba obtener más pistas, más indicios que orientaran hacia una solución segura, pero X no aportaba mucho. Siempre repetía más o menos la misma versión.
Curiéux a Toqué estuvo también indagando en la hemeroteca. Revisó la nota roja de cientos, quizá miles de periódicos para encontrar en primer lugar lo concerniente al caso de X; pero, curiosamente, no halló nada. La prensa no le había dedicado una sola línea. Quiso, además, hurgar entre aquellas noticias para identificar todos los casos semejantes[1] al que estudiamos con el fin de conocer las motivaciones que un individuo puede tener para matar a su mujer, las formas como lo habían hecho, las armas o los recursos que habían usado, cómo fueron descubiertos los que habían sido sentenciados y cómo lograron burlar a la justicia quienes nunca fueron aprehendidos.
De sus hallazgos hablaré más tarde. Por lo pronto, estoy contento porque en este momento estamos entrando a la casa de X y Y. Curièux a Toqué consiguió que la Procuraduría retirara los sellos de las puertas y que le otorgaran un permiso para entrar a la finca.
Así que, aquí estamos. Curièux me pidió que me pusiera guantes de algodón y él mismo colocó en sus manos los propios. Me dijo que no tocara nada[2] a menos que él me lo ordenara y que, eso sí, tuviera los sentidos atentos[3] a cualquier cosa que me pareciera irregular y, por lo mismo, sospechosa.
-debes decirme lo que encuentres, y no alteres nada –me recuerda.
Esta es la descripción de la casa: al trasponer la puerta se encuentra uno parado en la sala. Ésta se halla en el lado derecho del terreno. A la misma altura, pero del lado izquierdo, se encuentra el comedor. Después del comedor, la cocina; y limitando a estos dos, una pequeña barra. Al costado derecho de la cocina y después de la sala hay un corredor que abarca toda la mitad derecha del terreno y que conecta a la sala con el estudio. Después de la cocina está la escalera que comunica la primera planta con la segunda. Debajo de la escalera está el baño del primer piso. Entre el baño y el estudio hay un pequeño patio que da luz por una ventana más o menos amplia, al estudio; y por otra ventana diminuta, al baño. El estudio mide aproximadamente tres metros de profundidad; de longitud, todo el ancho del terreno. Es decir, va de lado a lado.
Cuando ha terminado uno de subir la escalera, se halla de frente a la pared derecha de la segunda planta. Entre el límite de la escalera y la pared, está una sal pequeña. Parados en el mismo lugar, tenemos a la izquierda el hueco del patio de abajo que tiene aquí únicamente una ventana en ángulo (forma de L, si se le mira desde arriba), que lo separa de la sala, y que le proporciona iluminación tanto a ésta como a una estancia para televisión construida a nuestra derecha, justo encima de la cocina y el baño. Más allá de la estancia hay una terraza que da a la calle y que se halla sobre el comedor. La terraza tiene techo de teja hasta la mitad. La otra mitad aparece descubierta. Sobre la pared de la calle existe una cerca con pequeñas columnas de cerámica cerradas arriba con un ribete de cemento, en cuya superficie superior yacen varias macetas con vegetales secos por los muchos días que nadie los ha regado. A la izquierda de la terraza (desde nuestro punto de vista, que es la escalera) está la recámara nupcial. Única recámara de toda la casa. Entre esta y la sala, hay un baño. Si salvamos el hueco del patio y caminamos hacia la izquierda, nos encontraremos en un patio superior, ubicado exactamente sobre el estudio de la planta baja. Este patio tiene en su extremo izquierdo un cobertizo donde se alberga el lavadero, el calentador de agua y la lavadora. El resto está descubierto y sirve para tender la ropa.
Puede entrarse al tendedero a través de una puerta que lo separa de la sala de arriba. Lo mismo se puede salir a la terraza por una puerta que está pegada a la pared de la recámara y que separa la estancia de televisión, de la terraza.
Hasta el momento no sabemos qué buscamos aquí, ni tenemos idea de lo que podamos encontrar. Curièux a Toqué me dice que debo fijarme en toda clase de manchas, de desórdenes, de alteraciones. O, al revés, en cosas que parezcan artificiosamente ordenadas. Es decir, que se hubieran acomodado de alguna manera para maquillar[4] la escena y causar confusión.
Una vez descrita la casa, he de ir mostrando nuestras apreciaciones.
Al trasponer la puerta de abajo, nos encontramos de inmediato en la sala. Hay tres sillones de mediano uso tapizados con terciopelo azul, con algunas partes grasosas y otras donde el terciopelo se ha aplanado y hasta caído por la fricción y el tiempo. En el centro existe una mesa redonda de madera. Sobre ella hay un florero. Entre la mesa y el sillón más grande está la silla de ruedas de Y; y frente a la silla, en el suelo, la marca de gis con que se había circunscrito el cadáver de la mujer. Esta marca comprende un área pequeña. Da la impresión de que la mujer fu encontrada de bruces, pues el gis traza una especie de rectángulo que podría corresponder al tronco de la víctima. En el extremo más próximo a la silla de ruedas, el rectángulo modifica su forma y se continúa en dos líneas curvas que al parecer pertenecen al contorno de los pies. El otro extremo lo ocupa un hemiciclo que, de acuerdo con lo anterior, podría corresponder a la cabeza. Curièux levanta de la superficie contenida en este hemiciclo una muestra de tierra seca adherida al suelo. Con cuidado la deposita en una pequeña bolsa de plástico y se desplaza hacia el comedor que, según había dicho antes, ocupa la otra mitad de la planta baja, y está inmediatamente detrás de la ventana que da a la calle, y a la izquierda de la sala. Consta de una mesa y seis sillas. La mesa es de madera. Tiene puesto un mantel blanco y sobre éste, un vidrio grueso. Al centro de la mesa está un frutero que contiene dos peras podridas cuyos componentes se han escurrido por el vidrio a varios centímetros debajo del frutero. Incontables mosquitos revolotean encima. En el extremo que da hacia la cocina hay una panera y una pieza de pan a medio consumir. El pan es seco y duro. Pegado a la pared está el cristalero: un mueble blanco lleno de vasos de cristal cortado (único lujo visible en el conjunto). Todo lo demás: cucharas, tenedores, cuchillos, servilletas… parecen mantenerse en su lugar y no haber sido movidos desde hace mucho tiempo. Una delgada película de polvo cubre todo.
La cocina tiene un orden impecable. Los únicos utensilios que en apariencia están fuera de lugar, se encuentran en el escurridor de trastos. Se infiere que son los últimos usados por X para servir el desayuno de su mujer y desayunar él mismo; después de lo cual fueron lavados y puestos a secar.
El baño está limpio. Las toallas, el papel, los jabones, las lociones, guardan el acomodo que pudieron haberles dado desde el principio y no haber sido tocados jamás.
Una de las esquinas del patio resguarda el trapeador, una escoba, una cubeta, el recogedor y el bote para basura, y un destapacaño de hule. Curièux a Toqué se detiene a mirar centímetro a centímetro las paredes, los nichos de ventanas y puertas, el estado de las cerraduras y del mastique con que están sujetos los vidrios, la condición de las cortinas.
Pasamos al estudio. Es notorio que X y Y gustaban de la lectura, porque hay un librero adosado a las cuatro paredes, repleto por completo de libros. La madera de cedro desprende un aroma delicioso que impregna la estancia y los objetos en ésta contenidos. Los libros a su vez, huelen a papel y tinta. Un olor semejante al de la biblioteca de Humanidades, pero más íntimo. Al centro hay un escritorio también de cedro. Más bien es una mesa, pues no cuenta con cajones. Encima yacen tres libros: Ana Karenina, de León Tolstoi; Gringo viejo, de Carlos Fuentes; y, La Isla de las Tres Sirenas, de Irving Wallace. Todos cuentan con separadores de lectura y están, según creo, a medio leer. Existe allí mismo una lámpara de mesa como las que usan los dibujantes, un cuaderno abierto todavía en blanco, una pluma abandonada a un lado y un par de aspirinas. Todo cubierto de polvo.
Aquí también mira Curièux a Toqué con sumo cuidado, sin mover nada.
-¿Sería posible encontrar algo detrás de los libros o entre ellos? –le pregunto.
-No. Aquí no ha entrado nadie además de sus dueños.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque esta gente es muy cuidadosa. Si has observado, no hay en toda la casa nada que haga pensar lo contrario. El ingreso de un extraño, por mínimo que sea, provoca siempre alguna alteración. Nota que los libros están bien clasificados por temas, por regiones, por épocas… un extraño siempre será curioso y moverá, si no por interés, por tentación, alguno de los títulos y no tendría, por prisa o por error, el cuidado de dejarlo exactamente como estaba. Vamos arriba.
Subimos lentamente. En el descanso de la escalera Curièux hace una pausa, se pone en cuclillas y recoge dos porciones de lodo seco muy pequeñas, y las mete también en una bolsita de plástico.
-Parece que aquí empieza lo interesante, mi querido Antonio –me dice con cierta emoción en la voz.
Dos peldaños antes de llegar a la segunda planta, Curièux rocía un poco de aerosol[5] sobre una mancha ovalada que hay en la pared. Es muy difusa, casi imperceptible; pero después de la impregnación, se vuelve nítida y adquiere un color entre azul pardo y violeta.
-¿Qué es? –pregunto inquieto.
-Alguien puso aquí la palma de su mano. Sudaba mucho cuando ocurrió y tenía una gran saturación de grasa. Con los días la grasa se ha ido descomponiendo, se le han agregado polvo, bacterias y moho, y ello la ha vuelto visible[6] para nosotros. La sustancia que le he aplicado no es otra cosa que un reactivo. Al contacto con ciertos compuestos orgánicos, cambia de color y produce el efecto que estás observando. Mira: este gran óvalo es el cayo de la mano, y estos pequeños círculos, las yemas de los dedos. Como puedes darte cuenta, se trata de una mano muy grande. Pertenece seguramente a un hombre.
Mientras eso me dice, con una cinta metálica[7] Curièux a Toqué mide los diámetros mayor y menor de la huella, y con una cámara fotográfica de luz infrarroja toma dos impresiones.
-Primero voy a comparar[8] esta huella con las manos de nuestro cliente y, de no corresponder, pediré a la policía que nos permita ingresar a sus archivos[9] para ver si hay algún antecedente de estas huellas en sus ficheros y saber de ese modo a quién corresponden.
-La huella puede ser muy antigua y no pertenecer realmente a un criminal. Tal vez es de alguien que vino a hacer un servicio hace mucho: un carpintero, un plomero, qué sé yo.
-No, la huella es reciente. Tiene menos de cincuenta días. De ser anterior a ese tiempo, se habría teñido de naranja o rojo con el reactivo. Si sabes algo de química[10] recordarás[11] la propiedad de ácido y básico de algunas sustancias. Al teñirse de azul o violeta, significa que conserva todavía cierta acidez. Si del otro color, se pensaría que va ganando alcalinidad. ¿Te convence?
-Creo que sí –respondo.
Todo en la segunda planta está ordenado, excepto por los siguientes datos, que aportan un poco a la sospecha:
1.      en la recámara de X y Y, encontramos dos cajones de la cómoda salidos hasta la mitad y con la ropa contenida en ellos, revuelta.
2.      el teléfono está mal colgado, y Curièux dice que ha sido usado por una persona zurda; además, en el buró donde está el teléfono ha podido destacarse otra huella semejante a la de la escalera.
3.      en el lavamanos del baño hay un jabón a medio usar, y otro en el área de regadera. El bote de la basura contiene unos cuantos papeles sucios.
4.      la chapa de la puerta que da al tendedero está descompuesta, pero no tiene muestras de haber sido forzada o dañada recientemente.
5.      en el tendedero cuelgan dos toallas decoloradas por el sol; y cerca del cobertizo, en el suelo, existen varios fragmentos de lámina de asbesto que fueron desprendidos del techo.
6.      en esta misma dirección se ven en la pared varias huellas como las de antes, además de los rayones hechos por botas con suelas de hule, cuyas partículas quedaron integradas al enjarre. Allí mismo está invertido el bote de la ropa sucia, y dos cambios completos tirados en el suelo.
-¿Qué te imaginas que ocurrió aquí? –me pregunta Curièux.
-Alguien entró a la casa por esta parte. Al hacerlo caminó por las láminas del cobertizo y al llegar al borde, la lámina pegada a la pared resintió el peso y se quebró. Quien estaba en ella, sintió el vacío y se agarró de la pared, pero no pudo evitar la caída; así que sus zapatos rayaron el enjarre. A la hora de salir, tuvo que utilizar el bote de la ropa. Lo vació y lo puso embrocado para poder asirse del cobertizo, hacer un primer impulso y trepar de nuevo.
-Así lo creo también, mi querido Antonio. Bien, me parece que por lo pronto nuestro examen aquí ya ha terminado. Casi tenemos cubierto lo que en investigación se llama recogida de datos[12]; sólo nos falta un aspecto: confrontar a los testigos[13].
-¿Cuáles testigos? ¿No se supone que todo ocurrió tan misteriosamente, que lo menos que podemos esperar es que haya testigos?
-Es bueno suponerlo, pero no es bueno quedarse en el supuesto[14], en la conjetura. Por eso me harás el favor de tomar tus notas de campo, de leerlas de nuevo y de organizar los datos en un cuadro de concentración de datos o matriz[15]. Para ello, desde luego, investigarás qué es, cómo se hace y para qué sirve en investigación una matriz. Cuando lo hayas resuelto, me dirás tú mismo, sacado de allí, quiénes son los posibles testigos y, asimismo, cuál técnica de investigación emplearemos para obtener de ellos más datos útiles para nuestros objetivos[16]. A propósito de objetivos, ya es tiempo de que estructuremos nuestro plan de trabajo. Salgamos de aquí.
De nuevo en la calle, viajamos en el automóvil de Curièux a Toqué. Vamos callados, escuchando una canción de José Luis Perales: “Y cómo es él?...”. Y yo pienso: <<es verdad; ¿cómo es el asesino? ¿se trata de veras de un asesino?>>
Hundido en miles de reflexiones no me entero de cosa alguna sin hasta que Curièux me dice que hemos llegado a casa.


Ejemplo de cuadro de concentración de datos, o matriz.
Sujeto
(si es posible, nombre, edad aprox., sexo)
Ocupación + otras actividades.
Actitudes
Señas particu-lares.
Vínculo con otros sujetos.
Entradas.
Salidas.
Obser-vaciones especia-les.





























































[1] El estudiante ha de notar que se intenta nuevamente la clasificación o categorización de datos.
[2] Con frecuencia los resultados de una investigación pueden alterarse con la presencia del investigador en el campo de estudio. Es necesario entonces, que el investigador tenga en cuenta esto y provoque el menor impacto ecológico posible.
[3] El estudiante siempre ha de tener presente que la observación es mediante todos los sentidos. En realidad, es una percepción integral.
[4] El concepto “maquillaje” puede aplicarse tanto a maniobras de los criminales para ocultar o desviar pistas, como a los científicos deshonestos que muestran informes inexactos y fraudulentos de sus resultados de investigación, mostrando lo que deseaban encontrar, en vez de lo encontrado.
[5] Este y los siguientes subrayados del presente capítulo, se refieren a instrumentos de los que se vale el investigador para extender la función de sus sentidos, y poder de ese modo, observar lo no observable a simple vista, sino por auxilio de estas invenciones humanas puestas al servicio de la ciencia.
[6] En investigación existe el concepto observable, que se refiere a todos los datos que el investigador es capaz de percibir, y/o en los que tendrá siempre puesta toda su atención. Ver: BAZDRESCH Parada, Miguel (2000) Transformar la práctica. Guadalajara, Jal. Secretaría de Educación, Jalisco; 142 pp.
[7] Algunos datos, además de observables son medibles.
[8] La comparación y la correlación son dos operaciones muy útiles en todas las formas de investigación. Nos dan referentes claros y ayudan a realizar deducciones e inferencias.
[9] El estudiante debe investigar acerca de archivos públicos y privados: su historia, sus acervos, su importancia y la forma de consultarlos. Puede incluso, preguntar sobre los archivos que existen en su comunidad.
[10] Todo investigador debe echar mano de todos sus conocimientos previos para estar en condiciones de generar nuevos conocimientos.
[11] “Todo existe en el alma de un hombre, si se le interroga convenientemente”. Ver: PLATÓN. Diálogos. 25ª edición. México, D. F., Editorial Porrúa, 1998. 788 págs.
[12] El estudiante debe investigar en qué consiste la recogida de datos, cuáles son las formas y los instrumentos que existen, y cómo se emplean.
[13] En todas las formas de investigación, pero predominantemente en la investigación social, es necesario recabar testimonios de personas que ayuden a tener una visión más amplia y clara del problema de investigación. Más adelante se verá el valor de la entrevista.
[14] En investigación cualitativa, en lugar de realizar planteamiento de hipótesis, se plantean supuestos, que de algún modo sustituyen a aquellas y son el hilo conductor de la investigación.
[15] El estudiante también ha de cumplir con esta tarea.
[16] Los objetivos constituyen lo que el investigador desea lograr al final de la investigación. Son el eje de ésta. El estudiante debe investigar qué son, como se plantean y redactan.